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Mete un libro en una botella, si puedes

Centro Deportivo Israelita, A.C.

Leer es un placer no una obligación. Esa parece ser la consigna de la mayoría de las personas aficionadas a la lectura y de muchos especialistas en la promoción cultural, además de algunos escritores. Sin embargo, nada es absoluto y si queremos entender otra perspectiva nos podemos plantear si es que la lectura por obligación trae algunos beneficios. Para ello realicé un breve sondeo entre lectores que visitan el Centro Deportivo Israelita. De igual manera, me permito dos ejemplos personales y las opiniones de algunos lectores que enriquecen este debate. Después de todo hay tantos libros como posibles destinatarios.

En la breve muestra recabada en el Dépor, preguntamos a algunos Socios tres cuestiones relativas a la lectura. Las respuestas, según los encuestados, podían ser en una u otra dirección, ¿por qué tendrían que ser absolutas? Pero les solicitamos que se inclinaran por la opción que, en ese momento, a raja tabla, consideraran válida. Las preguntas son: ¿Solo se debe leer por placer, sí o no? ¿Es muy malo leer por obligación, sí o no? ¿Qué se puede aprender de leer por obligación, disciplina o rechazo a la lectura?

No se trata de una prueba demoscópica sofisticada. De hecho, más allá de las respuestas, lo interesante, a pesar de que solo les solicité un sí o un no, era lo que querían decir al respecto. Conforme les compartía que determinada opinión adelantaba exclamaban con sorpresa, ¡claro, tiene que ser así! Los resultados tienden a que pensemos que no es tan malo leer por obligación. ¿Solo se debe leer por placer? El 70 por ciento externo que no. ¿Es muy malo leer por obligación? El 70 por ciento dijo que no. Donde resulta extremadamente revelador es que el 99 por ciento contestó que si lees por obligación puedes aprender una disciplina de lectura.

¿Qué me compartieron los lectores cedeístas? Una feliz mamá, lectora radical, afirma que ella solo lee por placer y que debemos erradicar toda obligación. Considera que la única forma posible debía ser el gusto del lector. Le comenté que la tendencia de opinión iba en sentido contrario y riendo me dijo que eso no le importaba que ella leía mucho y que era muy feliz. Del 99 por cierto más reservados (me incluyo) ponderaron que la cuestión era compleja dependiendo de la perspectiva. Curiosamente coincidieron que leer por obligación forjaba una disciplina. A la entrada de la Biblioteca Moisés y Basi Mischne, un padre de familia iba con su hija de 3 años. Él opinó que a cierta edad es muy importante la guía y que, si eso se consideraba ‘leer por obligación’ que sí, leer por obligación era importante. Pero que no tenía que ser igual en todos los casos.

Hay cierta arrogancia cuando alguien te dice, ¿no has leído Rayuela, Ulises, Muerte sin fin, de Gorostiza, no te gusta Borges...? Es un chiste local entre lectores que presumen saber leer, como si ‘tuviésemos’ que haber leído lo mismo y todo aquello que los críticos llaman ‘clásicos’. A la manera borgeana, si el paraíso es una biblioteca, habrá libros para todos de acuerdo a los intereses de cada uno, incluidos los de Cortázar, Joyce y Borges.

Siruela es una de las editoriales más prestigiosas de España, Ofelia Grande, su editora, decía que antes intentaba leer un libro a toda costa, le gustara o no. Confiesa que le daba miedo pensar que justo lo bueno estaría en lo que dejaba. Pero que ahora “si un libro no me gusta o no puedo con él por el motivo que sea, hago un primer esfuerzo y lo intento, pero si al final lo dejo, lo hago sin complejos ni remordimientos”. Claro, no todos somos editores. Y, por ello mismo somos más libres a la hora de elegir qué leer.

Quien hasta aquí siga leyendo, seguramente es un lector consuetudinario. Espero compartirle algo de su interés. A la manera de Michel Foucault, evito la polémica. Para el filósofo francés el debate es innecesario toda vez que los contendientes entran y salen con sus propias ideas. La conversación quiere ser otra cosa. Los lectores buscamos algo, un tinte, un matiz, un divertimento. Pocos lectores serios quieren cambiar al mundo luego de leer muchos libros, aunque igual estoy equivocado. Lo que sí nos convoca es aquello que decía Jane Austen: "No hay disfrute como la lectura".

Hoy que los contenidos en internet se presentan de manera cada vez más atractiva, los lectores de libros somos como de otro planeta o época. Tristemente muchos jóvenes se orgullecen de no haber leído un libro. Y, paradójicamente se asumen como la generación que más lee. Una vez más no debemos llevarnos por las generalizaciones. Quizá a la manera de Groucho Marx, quien decía que la televisión era muy educativa: “Cada vez que alguien enciende el televisor salgo de la habitación y me voy a otra parte a leer un libro”. Un poco eso debemos decir hoy del internet.

En la secundaria, mi maestra de Español, ‘nos obligó’ a leer un libro cada mes, diez por el ciclo escolar. Nada mal para quienes no tienen el gusto por la lectura, no mi caso. Disfruté mucho los libros que ‘sugirió’ y tengo una anécdota muy divertida que contaré en otra ocasión. Ahora lo relevante es acerca de la lectura por obligación. Debo decir que además de lector precoz me inicié como reseñista temprano de libros. La maestra Gloria Pombo nos impuso, a chamacos de 14 años, la lectura de El mundo feliz, de Aldoux Huxley. Debo decir que de los diez libros que leímos por obligación detesté a Huxley. Muchos años más tarde cambiaría de opinión.

Esa maestra nos alentaba a la rebeldía y yo 'pretendí’ ser crítico literario desde el primer momento. Al final de cada capítulo, a la manera de un incipiente Harold Bloom, mancillé cada hoja con ‘mis sesudas opiniones’. Expresé mi rechazo (en silencio) a tal lectura que no me decía nada. Guardé muchos años ese libro de oprobio hasta que cayó en el olvido.

Un día, en una conversación de café alguien dijo que ese libro era de lo mejor de Huxley y que se trataba de un legado literario que adelantaba lo que el mundo viviría a finales del siglo XX y principios del XXI. La humanidad había alcanzado el futuro. Vivíamos ya el mundo feliz donde una pastilla nos mantiene aletargados y donde cada cual, según su origen sabe lo que tiene que hacer en un mundo feliz y previsible.

Busqué el libro, lo encontré y lo devoré de un tiro. Leí también ‘mis sesudas opiniones’ y me congratulé con mi maestra y restituí a Huxley el valor perdido ante mis ojos. Ese libro que había sido una carga de pronto dio un giro radical. Aquel año de secundaria tuvimos que leer Las cuitas de Werther, y en mi edición de Porrúa venía el Fausto. Con 14 catorce años, leí ambos. Lo comenté con mi profesora y me dijo que había que leer ciertos libros de acuerdo a determinada edad. Leí El mundo feliz y el Fausto sin apenas entender de qué trataban, pero cierta magia provocó un vuelco de tuerca.

Entiendo que es complicado hacer una apología en defensa de la obligatoriedad de la lectura y no iré por ese camino. Recorro sí, la posibilidad de que, al leer de manera obligada, tratándose de buenos libros y de una buena guía se perciba la cuestión de forma distinta. La otra anécdota me involucra como profesor ante una alumna que un día se me planta y me dice: Mauricio, tú siempre nos impones tus gustos literarios; ahora yo te voy a dejar de tarea que leas este libro. Me dejó 2001: una odisea espacial, de Arthur C. Clarke, y se retiró. Ese fin de semana puse mi empeño en esa novela que tampoco me decía nada. De hecho, la ciencia ficción no era lo mío, más allá de algunas historias de Isaac Asimov.

El lunes, a primera hora, esa alumna me abordó, ¿qué tal ya la terminaste? Te voy a ser sincero, no me está gustando. Pues no sé, lo tienes que leer. Y, guardé silencio. De adulto (y, también los niños y los adolescentes...) uno tiene cosas que hacer, ¿por qué ‘tendría’ que leer si además yo era el profesor? A marchas forzadas avancé en la lectura. Y, otra vez, de pronto una vuelta de tuerca. Entendí en la página 75 de qué se trataba, regresé a la 1, y lo leí de corrido con mucho placer. Ese gusto que da entender algo que es complejo o que merece un esfuerzo extra se gratifica con creces. Pienso en la frase de Kafka, “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”. O como dice el título de este artículo, hay que meter un libro en una botella, con imaginación, creo.

 

 

//Mauricio C. Guzmán