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¿Cómo influye el ejercicio en nuestra salud mental?
Me gustaría comenzar este artículo hablando desde la mirada de una persona a la que le cuesta trabajo hacer ejercicio…
En la formación de psicología se nos enseña que el ejercicio es vital para nuestra salud, tanto física como emocional.
Claro que teóricamente lo entendía, pues está comprobado que el ejercicio disminuye la percepción del dolor, mejora procesos como la motivación y la atención y, en general, nos ayuda a regular nuestro estado de ánimo. En fin, tiene múltiples beneficios.
Sin embargo, aunque racionalmente lograba comprenderlo, me frustraba no poder simplemente dar ese paso… Y aquí está la cuestión, crear un nuevo hábito puede parecer algo abrumador. Al inicio, pensaba que tenía que encontrar la motivación para hacerlo, pero vivía en una constante contradicción: ¿cómo iba a encontrar esa motivación si todos los días me sentía fatigada y, quizás, deprimida?
Me cayó el veinte cuando un doctor me dijo: “El hacer ejercicio, o el simple hecho de mover el cuerpo, lo tienes que empezar a ver como una necesidad, no como algo que haces solo cuando tienes tiempo o ganas”. El problema era que yo estaba esperando a sentirme motivada para empezar.
Muchos pensamos que el ejercicio tiene que verse como algo muy complejo, y no es así. Para que un hábito, y hablo de cualquier hábito, sea sostenible, se tiene que empezar poco a poco: con unos minutos al día, una o dos veces por semana, estirando, saliendo a caminar, etc.
Suena absurdo porque automáticamente tenemos esta idea errónea de que, para que el ejercicio sirva, tiene que haber cambios físicos notables. Y no es así.
Muchos de nosotros empezamos a ejercitarnos por inconformidad con nuestro cuerpo, por inseguridades o por miedo a “engordar”, y creo que es justo ahí donde vale la pena preguntarnos: ¿qué es lo que nos mueve a hacer ejercicio? No creo que querer cambiar físicamente esté mal, pero cuando lo que nos moviliza principalmente es el miedo, la culpa o el rechazo, empezamos a construir una percepción negativa de lo que en realidad es el ejercicio, y este puede dejar de experimentarse como algo disfrutable.
Desde que somos adolescentes, o incluso antes, internalizamos la idea de que tenemos que ejercitarnos para compensar las calorías que comimos, lo cual es triste y, a la vez, alarmante. ¿En qué momento el ejercicio dejó de sentirse como cuando éramos pequeños? Cuando era algo divertido, un espacio donde aprendíamos nuevas habilidades, explorábamos lo que nuestro cuerpo podía hacer y, poco a poco, nos sentíamos más fuertes.
Porque, es un hecho, el ejercicio va mucho más allá de los cambios físicos. Puede convertirse en una herramienta para socializar, conocer personas y fortalecer lazos, pero también en un espacio para conectar con uno mismo, liberar tensión, despejar la mente, regular nuestras emociones e incluso mejorar la calidad del sueño.
Por último, me parece importante hablar también de la limitación económica que existe alrededor del ejercicio. Tendencias como “Hyrox” o las mensualidades de distintos estudios pueden hacernos pensar que mantenernos activos requiere una inversión considerable. Claro que estos espacios ayudan, dan estructura, motivan y pueden hacer que disfrutemos más el proceso. Sin embargo, no son indispensables.
La pandemia fue un buen ejemplo de ello. Nos recordó que no necesitamos gastar mucho dinero para mantenernos activos y, sobre todo, que el ejercicio no tiene que ser costoso, intenso ni complejo para que cuente o valga la pena.
Como conclusión, creo que se trata de resignificar la manera en la que entendemos y vivimos el ejercicio o el deporte y, a partir de ahí, construir una relación más amable con nosotros mismos.
//Ruthy Penhos
Comité de Salud y Convivencia







