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Vamos todos a columpiarnos

Centro Deportivo Israelita, A.C.

Inolvidables los días en que columpio que veía, me subía. Ya fuera en el más próximo, el del parque de la colonia en que vivía, o de algún otro jardín que visitara.

Podía consumir minutos y minutos en aquella experiencia de sentir que tal cohete uno despegaba los pies de la tierra hacia el espacio. Columpiarse era comparable a volar, imprimir uno mismo el debido impulso con las piernas y luego elevarse al infinito. Experimentar esa sensación ambigua, de emoción y miedo radicada en la barriga y después con seguridad imprimir mayor velocidad. Sentado o de pie, solo o en pareja, columpiarse resultaba una experiencia inigualable.

El recuerdo es imborrable y no exclusivo del pasado remoto, sino del reciente, cuando con los hijos repetí la vivencia que además puede volverse presente si el ánimo, las características de un columpio grande y resistente y las circunstancias no prohibitivas de algún jardín lo permiten. Finalmente, para columpiarse no hay edad.

Todo esto viene a colación por la novedad en el Dépor. Columpios los hubo desde su fundación y después se hallan en la Ludoteca CDI, pero desde hace una semana reluce un columpio singular en el Jardín Weizmann de Ciencias. Un columpio que además de invitar al juego, enseña principios físicos como todos los aparatos ubicados en el mismo.

Desde ahora los niños que viven el Deportivo y todos los escolares que lo visiten, además de jóvenes y adultos, podrán experimentar y gozar del Columpio Acoplado. Ya no solamente se trata de sentir cosquillas en el estómago, ni únicamente volar, sino hacerlo a la par y comprender el papel de la resonancia y la coordinación.

Aplausos a la iniciativa y a todos los benefactores de esta pieza y de todo lo que hoy por hoy es el jardín científico. Recorrerlo es también toda una experiencia. Leer la ficha explicativa da luz sobre cada uno de sus componentes, pero no hay como experimentar lo que ellos nos ofrecen.

No hace mucho que aprovechando al niño que vive en mí, recorrí gustoso el jardín y paso a paso probé cada detalle. Moví y descubrí sonidos y efectos; toqué, vi y sentí. Me asomé al Triángulo Imposible, manipulé el Doble Cono y jalé las cuerdas de la Máquina de Ondas, hallé el Arco Iris Circular y forjé un tornado con la manija del Vórtice, toqué rítmicamente el Litófono, me detuve un buen momento ante el Globo Terráqueo para advertir el día y la noche y, finalmente, entré al Caleidoscopio y me multipliqué al infinito, selfie de por medio.

Ahora no me queda sino probar lo más pronto posible y con su permiso el Columpio Acoplado en la Casa de Todos.

 

 

//TEÓFILO HUERTA