
Jueves, 6:15 horas.
Hay dos momentos clave al abrir los ojos cuando me levanto en la mañana:
que al sonar mi despertador me asegure de ver que tengo 100 por ciento de pila en el iPhone; y ver que ya tengo nuevos mensajes en Whatsapp.
Se me desempañan los ojos y alcanzo a leer: es un mensaje de Cindy, mi contacto en China… ¡Claro! Como ella trabaja al revés de nosotros en tiempo, ya sé de lo que se trata… a alguno de los proveedores le urge una respuesta respecto al color, etiqueta o código de cualquiera de los productos que trabajamos. Pero descubro que no es un mensaje, ¡sino catorce! Algunos de mis amigos, seguramente con insomnio, estuvieron reenviando algún meme, chiste o video durante la noche…
Le doy gracias a D-os por devolverme mi alma un día más, y me levanto. Comienza así mi simbiosis del día: yo y mi celular vamos juntos a todos lados. Me visto para hacer ejercicio, guardo mi iPhone en la bolsa de la sudadera y salgo a correr volando de la casa, claro, verificando que no hayan nuevos mensajes entrantes.
También voy a rezar al templo, y ahí, mientras rezo, dejo mi celular en la mesa. Me pongo el tefilín, y comienzo a decir Shajrit, no sin antes asomarme un par de veces al celular para ver si algo nuevo e interesante sucedió entre las 7:30 y 7:52 de la mañana.
De regreso al coche, al comenzar a manejar, es difícil dejar el celular, aunque por seguridad procuro manejar sin él en la mano. Volteo a ver a las personas en los coches contiguos al mío en el engorroso tráfico de la ciudad. ¡Nadie suelta su celular! ¿Qué no saben lo peligroso que puede ser textear mientras manejas? Entonces aparece un bendito semáforo rojo, y aprovecho para ser lo más eficiente posible. Tengo cuatro mensajes nuevos, y trato de contestar antes de que se ponga la luz verde.
Me dispongo a escuchar algo de música con mi aplicación de Spotify desde el celular, pero entra la primera llamada del día. Resulta que uno de los vendedores quiere saber cierta información de la nueva línea pero le entra una nueva llamada y me dice “sabes, me voy a tardar en esta llamada, te marco más tarde”. Cuelgo, y ante el semáforo una nueva oportunidad para ver mensajitos. Después, checo mi calendario y descubro que tengo una cita en mi oficina… ¡A ver si llego con este tráfico!
Voy caminando y ahora otra llamada, esta vez de un proveedor. Como estoy en la línea, entro como hombre invisible a mi oficina. No saludo a nadie. Gran parte de mi personal ya está sentado trabajando. Claro que no es por mala educación, sino porque esta llamada hace que todos se vuelvan transparentes para mí.
Y por fin llego a la oficina, hablo con mi hermano y cruzo a mi despacho, conecto mi celular y prendo la computadora. Finalmente vamos a comenzar…
Reviso un par de archivos pendientes en la computadora, y entre llamadas, mensajes y archivos, se hace la hora de la comida.
Llego a comer en familia, pero claro, todos están también con su celular. Antes de los teléfonos inteligentes, éstos eran los momentos en los que nos poníamos al día sobre nuestras vidas. Pero hoy, además de eso, compartimos los memes que recibimos, vemos los videos insólitos que alguien mandó, y sintonizamos en nuestros celulares el partido de la Champions cuando juega el Madrid. ¿Por qué siempre son a la hora de la comida?
La tarde pasa tranquila de regreso en la oficina, revisando detalles por acá y por allá. Salgo de trabajar, y la misma rutina de tráfico, mensajes y teléfono en el camino. Llego a una junta en donde una persona nos está presentando un proyecto con un aparato conectado a su Apple TV desde su celular. Apagada la luz, noto una serie de pantallitas encendidas a mi alrededor. Llegamos finalmente a la casa y estoy desesperado porque en la tarde se me olvidó cargar el celular, y mi batería de repuesto la dejé en mi portafolio!… Pues sí, se apaga el celular, y finalmente encuentro el cargador. Lo conecto, pero ahora tengo que esperar al menos cuatro minutos para que vuelva a encender. ¿Qué hago mientras, veo a través de la ventana?
Entro a mi cuarto pero antes prendo la tele para que se vaya cargando el Netflix. Estamos picadísimos con la última serie que estamos viendo mi esposa y yo, pero como ella ya se adelantó viendo ocho capítulos, voy a tener que ver lo que me falta mientras ella avanza en su computadora en el estudio.
Tomo mi celular ya con la batería medio cargada y reviso todos los mensajes que me perdí durante los últimos 19 minutos. Los contesto todos, y entre ellos, la opción de ver si salimos a cenar. Pero decidimos quedarnos.
Termino viendo cinco capítulos hasta la 1:30 de la mañana. Por fin me voy a acostar, no sin antes ver qué hay en Facebook (no vaya a ser que durante el día o mañana me haya perdido de uno de los cumpleaños de mis amigos o familiares). Abro la app y me encuentro con un artículo interesantísimo sobre los animales en peligro de extinción en Kenia y Tanzania, mostrando un video de la evolución de este gravísimo problema. Y luego, veo el video del nuevo Apple Watch que me urge tener cuando llegue a México… Y acabo finalmente dormido a las dos de la mañana.
Viernes, 18:51 horas.
Titi, titi… Suena mi despertador por cuarta vez. Me cuesta un trabajo enorme levantarme. Tomo mi celular, y vivo la misma escena que ayer, solo que hoy hay una importante diferencia: es viernes, y gracias a D-os, Shabat empieza a las siete de la noche. En tan solo doce horas voy a poder ser libre…
Cuando den las 6:59 de la tarde, voy a apagar mi celular, me voy a ir al knis, y me voy a olvidar de tener que voltear a ver mi teléfono a cada rato.
Nos vamos a sentar en la mesa de Shabat sin celulares, vamos a disfrutar y a platicar, con mi esposa y mis hijos, sin prisas. Al terminar, jugaremos algún juego de mesa o platicaremos un poco más de la vida.
El sábado me voy a parar sin despertador para ir al templo a darle las gracias a D-os por todo lo que nos da. Veré a mis amigos, y platicaremos con tranquilidad. No habrá televisión, ni coche, ni celular, ni Netflix, ni computadora, ni mensajes, ni audífonos, ni tráfico. Comeremos juntos, y terminaremos en la noche, alrededor de las ocho, dichoso de haberme dado la oportunidad de realmente vivir.
De las 168 horas que tiene una semana, finalmente podré tener al menos 25 horas de vida.
Solo para mujeres, el evento más grande de mujeres judías en la historia de México
