memoria en movimiento

Cómo los espacios construyen identidad: memoria en movimiento

Las ciudades hablan, aunque no siempre sepamos escucharlas. En sus muros, plazas y monumentos se acumulan capas de historia que conforman una memoria viva. Para el Pueblo Judío, estos espacios no solo marcan un pasado; son huellas de un recorrido colectivo atravesado por el exilio, la resiliencia y la constante reconstrucción de la identidad. Cada lugar se convierte así en un testigo silencioso que guarda tanto preguntas como recuerdos.

En la categoría de Shorashim, este año, lejos de ser estáticos, los espacios se transforman con el tiempo. Cambian según quién los habita y desde dónde se los mira. Un monumento no es únicamente un símbolo de lo que fue, sino un punto de encuentro entre generaciones, un lugar donde la historia sigue escribiéndose. La memoria, en este sentido, no es un archivo cerrado, sino un proceso en permanente diálogo con el presente.

En el marco del 52 Festival Aviv – Ba Derej, esta reflexión cobra una dimensión artística particular. El Festival propone pensar el camino como una experiencia compartida, donde el arte y el movimiento se convierten en lenguajes para revisitar la memoria colectiva. No se trata solo de recordar, sino de volver a transitar esos espacios desde una mirada contemporánea.

Es ahí donde el cuerpo entra en juego. La danza aparece como una herramienta capaz de reinterpretar y resignificar los lugares cargados de historia. A través del movimiento, la memoria se vuelve experiencia física: el cuerpo recorre el espacio, lo escucha y lo traduce en gestos. La coreografía no ilustra el pasado, sino que lo activa, lo cuestiona y lo trae al presente, permitiendo que la identidad se exprese desde lo sensible.

En ese proceso creativo surgen preguntas inevitables: ¿qué representa este espacio para nosotros hoy?, ¿qué legado nos deja?, ¿cómo impulsa nuestra identidad hacia el futuro? El 52 Festival Aviv – Ba Derej no busca respuestas cerradas, sino abrir un espacio de reflexión donde memoria, cuerpo y territorio dialogan, transformando el recuerdo en motor para imaginar lo que viene.

// Rebeca Kaplan