Detrás del paso de los años (segunda parte)
Además de los cambios físicos y emocionales, existe otro aspecto que suele pasar desapercibido: la forma en que la sociedad percibe a las personas mayores. En muchas ocasiones pareciera que el adulto mayor se convierte en sinónimo de alguien menos productivo, menos eficiente o incluso menos necesario. Actualmente, en México, la edad para jubilarse ronda entre los 60 y 65 años; sin embargo, mucho antes de llegar a ella, existen personas que enfrentan dificultades para conseguir o conservar un empleo porque suelen ser sustituidas por perfiles más jóvenes, considerados más eficientes o más familiarizados con la tecnología y la inmediatez.
Es verdad que muchos quisiéramos poder retirarnos y que, para gran parte de los mexicanos, la jubilación representa un privilegio; sin embargo, también existen adultos para quienes el trabajo es mucho más que una fuente de ingresos: les brinda identidad, motivación, autonomía y sentido de vida.
Cuando la posibilidad de continuar trabajando deja de ser una elección propia y se convierte en una imposición, la pérdida puede ser especialmente significativa.
Cuando observamos la vejez desde este punto, la conversación cambia por completo, ya que no se trata únicamente de pérdidas o limitaciones, sino también de personas que han atravesado distintas etapas de la vida, que han experimentado amor, duelo, éxito, fracaso, cambios y reconstrucciones.
Por ello vemos a las personas mayores como verdaderas “bibliotecas”, ya que en ellas habitan recuerdos, tradiciones, enseñanzas, recetas y formas de comprender el mundo que difícilmente podremos encontrar en otro lugar.
Sus historias son testimonios de épocas distintas, de desafíos superados y de una capacidad de adaptación que muchas veces pasa desapercibida.
A pesar de ello, existe una tendencia social que resulta particularmente preocupante, y es la infantilización de los adultos mayores.
Es cierto que, conforme envejecemos, algunas conexiones neuronales se debilitan o desaparecen y ciertas funciones, como la atención o la memoria, pueden experimentar cambios; sin embargo, reconocer estas modificaciones no significa tratar a las personas mayores como si hubieran dejado de ser adultos.
Con frecuencia nos sorprende que mantengan relaciones sexoafectivas, que expresen deseos o que continúen construyendo proyectos personales, cuando en realidad siguen siendo personas con necesidades emocionales, afectivas y sociales como cualquier otra.
El hecho de envejecer no elimina la capacidad de
amar, de aprender, de disfrutar o de construir nuevas experiencias.
Sin embargo, y lastimosamente, la sociedad actual parece moverse tan rápido que ha dejado de escuchar a quienes más experiencia poseen. Vivimos en una era donde se valora la inmediatez, la novedad y la rapidez, mientras que la paciencia, la reflexión y la sabiduría suelen quedar en segundo plano.
Tal vez por eso también existe cierta dificultad para comprender la vejez, porque nos hemos acostumbrado a admirar lo nuevo y hemos olvidado apreciar aquello que permanece, muchas veces, en silencio.
Entonces, el envejecimiento como cualquier otra etapa de la vida, requiere adaptación; sin embargo, el estigma y los prejuicios suelen dificultar este proceso, ya que tendemos a alejarnos de aquello que nos confronta e incomoda, la fragilidad, la dependencia o la simple idea de que nosotros también vamos a envejecer algún día.
Consideramos que el verdadero desafío no consiste en evitar el envejecimiento, sino en aprender a transitarlo, aceptarlo y vivirlo.
Aprender a despedir con dignidad y amor versiones de nosotros mismos para dar la bienvenida a otras.
Comprender que cambiar no significa perder valor y que la apariencia física jamás podrá definir por completo quiénes somos.
Al final, todos estamos recorriendo el mismo camino, aunque nos encontremos en distintas etapas. Algunos están comenzando a escribir su historia, otros se encuentran construyendo capítulos importantes y algunos más, observan con calma todo lo que han vivido y construido. Pero es ahí donde todos compartimos la misma condición humana, marcada por el paso inevitable del tiempo.
Si todos fuéramos eternos, probablemente no viviríamos con la misma intensidad, no abrazaríamos con la misma fuerza, no valoraríamos los encuentros de la misma manera y quizá tampoco aprenderíamos a disfrutar los momentos cotidianos, pues es precisamente la certeza de que el tiempo es limitado lo que lo vuelve valioso.
Por ello, también resulta importante promover espacios donde las personas mayores puedan mantenerse activas, convivir, compartir experiencias y seguir construyendo vínculos significativos.
Actividades recreativas, culturales y comunitarias permiten recordar que el crecimiento personal no termina con la edad y que siempre existen oportunidades para aprender, participar y disfrutar nuevas experiencias junto a otros.
Tal vez la vejez no sea el final de la vida, sino el reflejo de una vida vivida. Y quizá el verdadero reto no sea
evitar llegar a ella, sino hacerlo con la capacidad de reconocer que cada año transcurrido también puede llamarse VICTORIA.
// Sofía Lizarde y Ruthy Penhos
Departamento de Psicología del CDI










