Muchos de nosotros vinimos aquí con el propósito de recordar, de por fin darle una imagen

a lo que nos es tan relevante como pueblo judío y mantener esa imagen viva en nuestras memorias. Sin embargo, esta memoria, con la que prometemos cargar por el resto de nuestras vidas y pasarla a generaciones futuras, tiene una finalidad. La indiferencia que existió durante la Shoá nos costó millones de vidas. Vidas a las que quizá, si alguien les hubiera dado algún tipo de valor, estarían salvadas. Estando aquí parados, viviendo lo que acabamos de vivir, sabemos que cada vida tiene un valor incuestionable, y no podemos permitir que esa indiferencia persista. Como nuestros abuelos o bisabuelos, cada uno con su propia historia, existen hoy miles de víctimas. Aunque los contextos sean diferentes, las dimensiones sean otras, identifiquémonos con estas personas por algo que todos nosotros damos por hecho. Algo que a todas las víctimas de la Shoá se les arrebató de las manos. Identifiquémonos con ellos por nuestra individualidad y humanidad. Seamos como las mujeres que se atrevieron a protestar por sus esposos y no nos quedemos callados ante lo que sabemos que está mal. O seamos como esas familias que ayudaron incondicionalmente a unos extraños. Sigamos el ejemplo de Fredy Hirsch y eduquémonos entre nosotros, o seamos como Dita y compartamos un libro. Seamos como Irene Sendler y tomemos un riesgo, o como Mania y pongamos a prueba nuestra valentía. Seamos como ese judío, que con las últimas gotas de amor dentro de él, llevó a ese bebé a las manos de su madre para que enfrenten juntos el terrible destino que les esperaba. Todas estas personas, estos superhumanos, nos demostraron que los límites, incluso en las peores circunstancias, se pueden romper. Nosotros, los frutos de la supervivencia, sigamos con esa tendencia. Rompamos los límites que se nos imponen hoy en día. Atrevámonos a convertir esta memoria, tan reciente y lúcida, en algo más allá de las palabras. Demostremos que estamos aquí. Hemos ganado; ahora, hagamos que esa victoria trascienda. Hagamos que aquel pueblo que estaba destinado a desaparecer, hoy no solo sea el pueblo que sobrevivió. Seamos el pueblo que, marcado con las cicatrices de guerra, reconoce, festeja y defiende el valor de una vida. 

//Camila Cano
Janijá de Bekeff Hajshará

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