
El Estado de Israel no existió sino hasta 1948 como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y más específicamente después del Holocausto judío. Lo que significa que antes de esto no había un lugar geográfico en donde hubiera una fuerte concentración de población judía, sino que había comunidades casi en todas partes del mundo.
Al ser una minoría en sus lugares de residencia, estas comunidades han tenido que resolver algunos retos a lo largo del tiempo, haciéndolo de manera muy similar, siendo una de esas formas, quizá la más importante, a través de la solidaridad.
Para ejemplificar con mayor claridad lo anterior, podemos tomar el caso de la migración judía a México, ocurrida a finales del siglo XIX y principios del XX. No es tema de este artículo las causas por las que se provocó la llegada de algunos jóvenes aventureros que querían probar suerte en América, el caso es que llegaron de poco a poco y en unos cuantos años empezó a formarse una pequeña comunidad organizada para celebrar rezos -en pequeñas casas- y prácticas religiosas según las posibilidades con las que contaban. Conforme pasó el tiempo, la comunidad creció y con ella fueron necesarios espacios apropiados, siendo las escuelas unas de las primeras inversiones, por considerarse prioritaria para el bienestar de la comunidad, ya que, para la religión judía, es considerada una obligación de cada padre, dotar a sus hijos e hijas de educación, así como de un oficio, ya que se entiende que con estos dos elementos, les aseguran poder salir adelante sin depender de nadie más.
Las primeras escuelas judías en México se fundaron en los años 40 del siglo XX, permitiéndonos contar hasta el día de hoy con más de 70 años de funcionamiento, en los que una constante ha sido estar a la vanguardia en el tema educativo, a pesar de los retos del contexto y el que ahora nos ha tocado vivir, no es la excepción. La tendencia en la educación, en el marco de la tecnología del siglo XXI ya indicaba un rumbo de cambio, que la situación de la pandemia ha acelerado, permitiendo pronosticar que para el 2030 desaparecerán 80% de los empleos más demandados hoy.
Bajo esta perspectiva, los modelos educativos deben contemplar la necesidad de brindar al educando de elementos para desarrollarse en un mundo global, en el que
independientemente de la especialización técnica, se requerirán herramientas para la autodirección, autoevaluación y el trabajo en equipo, que le permitan adaptarse a los cambios con una actitud positiva, con pensamiento creativo, flexibilidad, y capacidad de resolución de problemas en un mundo globalmente competitivo; porque si algo ha sido evidente en este contexto de pandemia, es que hoy más que nunca estamos interconectados con gente de todas partes del mundo con quienes tenemos que estrechar relaciones para imaginar y construir en comunidad, el nuevo futuro que se necesita.
Hoy más que nunca se ha puesto en evidencia que la escuela no son sólo los edificios, ni los conocimientos; la escuela es una comunidad en la que día a día se fomenta la curiosidad, al presentarle a los alumnos diferentes contextos para desarrollar su capacidad crítica, para pensar, especular, observar, analizar, procesar y resolver. En la escuela se experimentan los valores y se crean los lazos de solidaridad, que son al mismo tiempo, el motor para la búsqueda de nuevas perspectivas y aportar ideas novedosas. Todos estos elementos infunden la confianza para emprender cualquier proyecto o negocio, al mismo tiempo que garantiza que éste se ha pensado desde los principios de la comunidad y por lo tanto cuenta con el respaldo de ella.
Así, la clave del éxito de cualquier emprendimiento no se encuentra en el conocimiento especializado, sino en la correspondencia de éste con la comunidad. La experiencia que 80 años de historia en educación nos ha dado, nos permite tener esta perspectiva integral que reafirma la idea con la que hemos empezado este artículo: la escuela es una comunidad de aprendizaje, sostenida en la solidaridad de sus miembros, quienes basan sus actos en el marco de lo justo y lo correcto, buscando el bien común.
// Daniel Smeke
Director del Colegio Hebreo Monte Sinai y académico de la Universidad Iberoamericana






