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Irán después del anillo de fuego
Desde hace más de cuatro décadas, la seguridad de Israel ha sido analizada como una suma de conflictos episódicos con actores armados periféricos, como si cada frente fuese autónomo y contingente. Tal encuadre resulta insuficiente para comprender el momento actual, especialmente después de la guerra de los doce días y del proceso sostenido, iniciado en 2023, mediante el cual las fuerzas de seguridad israelíes han deteriorado de manera deliberada una arquitectura regional diseñada desde Teherán.
Para entender lo que está en juego, conviene aclarar un concepto central: el llamado “anillo de fuego”, que es una construcción estratégica iraní cuyo objetivo ha sido rodear al Estado de Israel con frentes armados simultáneos, activables de forma coordinada, con el fin de disuadir, corroer y, llegado el caso, saturar la capacidad defensiva de la única democracia en Medio Oriente. Ese anillo no nació de dinámicas locales espontáneas, sino de una táctica militar consciente, orientada a trasladar el conflicto lejos del territorio iraní, y a convertir a terceros en ejecutores de una ideología violenta, radical, islamista y, preocupantemente expansiva.
El Régimen Islámico de Irán concibe su política exterior como una extensión directa de la llamada “exportación de la revolución islámica”, principio inscrito desde 1979 en el ADN de su organización terrorista. Esta exportación se materializa en una red de embajadas bélicas extraoficiales, integradas por actores armados e ideológicamente subordinados al liderazgo iraní.
Ejemplos de lo previo son Hezbolá en el Líbano, las Fuerzas de Movilización Popular en Irak, las milicias chiitas en Siria y los hutíes en Yemen, todas ellas, agrupaciones que forman parte de un mismo entramado, concebido para proyectar poder duro mediante armas, y, simultáneamente, poder blando, mediante propaganda religiosa, adoctrinamiento, legitimación ideológica y un uso tenebroso del poder de los medios de comunicación masivos. Irán forma, disciplina y alinea doctrinalmente a estos actores bajo una cosmovisión común de un califato islámico global.
Refiérase que el rol de Siria ha sido clave en esta arquitectura, especialmente desde 2011.
La guerra civil siria ofreció a Teherán una oportunidad estratégica para transformar a tal país en una base logística avanzada del eje iraní. A través de corredores terrestres que conectan Irán con Irak, atraviesan Siria y desembocan en el Líbano, el régimen iraní consolidó una continuidad territorial que permitió el traslado de armas, combatientes, tecnología y recursos sin depender exclusivamente de rutas aéreas.
Desarrollándose la dinámica de referencia, Damasco se convirtió en un eslabón central del anillo de fuego, constituyéndose en una plataforma operativa que facilitó la acumulación de capacidades de Hezbolá y la proyección iraní hacia la frontera norte de Israel. Este diseño, sin embargo, comenzó a resentirse a medida que Israel intensificó la interdicción sistemática de estos corredores, afectando la regularidad y seguridad de los flujos logísticos del ayatola.
En paralelo, el propio Líbano se ha convertido en un escenario crecientemente inestable que limita la capacidad operativa de Hezbolá como proxy iraní.
El colapso económico, la parálisis institucional, la desintegración de servicios básicos y la pérdida de legitimidad del sistema político libanés han erosionado el entorno en el que Hezbolá operaba con relativa comodidad. Aunque la organización conserva capacidad militar significativa, su margen de maniobra está condicionado por una sociedad exhausta, un Estado fallido y cierta presión internacional que reduce su libertad para escalar sin costos políticos.
Este proyecto regional debe comprenderse a la luz de una distinción conceptual fundamental, consistente en reconocer que Irán es el principal exponente del chiismo político, una reinterpretación moderna y militante de la tradición religiosa clásica del Islam. A diferencia del chiismo histórico, que durante siglos fue mayoritariamente quietista y separado del poder temporal, el régimen iraní se funda en la doctrina del Wilayat al-Faqih, según la cual el clérigo supremo ejerce autoridad política absoluta en nombre de una supuesta infalibilidad moral. La fusión entre religión y poder elimina tajantemente toda clase de contrapesos, sacraliza la decisión política y convierte la expansión ideológica en deber religioso. El anillo de fuego, no es una política exterior agresiva convencional, sino de una obligación religiosa, que legitima la violencia más allá de las fronteras del régimen opresor.
Frente a tal arquitectura, Israel ha desarrollado y perfeccionado, en los últimos años, una doctrina específica conocida como guerra entre guerras, Me’aracha Bein HaMilchamot, o MABAM, por sus siglas en hebreo. Esta estrategia no busca una guerra total inmediata, sino la degradación constante y preventiva de la capacidad operativa del adversario mediante misiones encubiertas, ataques selectivos, inteligencia táctica y disrupción tecnológica.
Desde 2023, esta doctrina ha sido aplicada con mayor intensidad contra los nodos del anillo de fuego, reduciendo la coherencia operativa de la estrategia del enemigo, y recientemente, exponiendo su dependencia estructural de Teherán. La guerra de los doce días, situada en el contexto de las escaladas de mayo de 2023, fue la manifestación visible de un proceso más amplio de erosión estratégica del anillo de fuego.
Durante ese enfrentamiento, Israel demostró capacidad defensiva y una mejora sustantiva en inteligencia, coordinación interfrentes y precisión operativa.
El resultado fue la del debilitamiento tangible del anillo de fuego. A su vez, Hezbolá pasó a operar con mayor cautela, consciente de que su entorno libanés se tornó mucho más frágil. Paralelamente, Hamás quedó más aislado financiera y políticamente. Las milicias proiraníes en Siria e Irak comenzaron a mostrar fisuras y menor capacidad de coordinación. A ello se sumó la presión creciente sobre el frente yemení, donde los hutíes, también alineados con Teherán, han proyectado poder hacia el Mar Rojo y Arabia Saudita, amenazando rutas marítimas estratégicas y ampliando el alcance regional del conflicto.
El poder iraní, sin embargo, no se agota en lo militar. Como se anticipa en líneas previas, junto al poder duro, Teherán ha desplegado un poder blando ideológico que combina retórica religiosa, victimismo geopolítico y movilización identitaria.
Esta dimensión explica por qué Irán es un actor excepcional en comparación con otras potencias regionales. Turquía, aun con ambiciones neo-otomanas, opera dentro de un marco nacional-estatal pragmático. Arabia Saudita, pese a su conservadurismo religioso, ha optado por una lógica de estabilidad y modernización gradual.
En este contexto, teorizar sobre una potencial transición pos-teocrática resulta más riguroso que anunciar colapsos inminentes. Los indicadores internos son concretos y verificables, consistentes en inflación persistente, devaluación de la moneda, crisis hídrica, protestas recurrentes, represión intensificada y un aparato estatal cada vez más desconectado de una población joven.
El margen externo del régimen también se ha estrechado. Rusia y China, aunque cooperan con Teherán por conveniencia estratégica, muestran límites claros a su disposición para sostenerlo frente a una confrontación regional mayor. Al mismo tiempo, el debilitamiento iraní ha contribuido a nuevas configuraciones regionales, visibles tras los Acuerdos de Abraham, que alinearon abiertamente a Israel con Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos, y sentaron las bases para una cooperación estratégica más amplia con otros actores árabes frente a una amenaza compartida.
Las opciones de cambio desde dentro, ya sea a través de una oposición laica, del exilio o de figuras simbólicas como Reza Pahlavi, siguen siendo inciertas, pero revelan un dato significativo: diversos coinciden en la necesidad de superar el modelo teocrático.
Lo relevante es la erosión del consenso ideológico que sostuvo al régimen Iraní desde la Revolución que le llevó al poder.
El desgaste del anillo de fuego marca el comienzo del fin de una arquitectura regional diseñada para la confrontación permanente.
Una transición pos-teocrática en Irán no resolvería todos los problemas del Medio Oriente, pero sí clausuraría una era en la que la exportación ideológica de la violencia fue política de Estado, y ese cambio, por sus implicaciones estratégicas y humanas, importa mucho.
// Mtro. Ilan Eichner





