
A unos quince kilómetros al sur de Tel Aviv, estoy de pie sobre una pasarela entre dos depósitos de concreto del
tamaño de campos de fútbol, viendo cómo entra agua en ellos desde una enorme tubería que emerge de la arena. La tubería es tan grande que yo podría caminar dentro de ella, si no estuviese llena de agua del mar Mediterráneo que es bombeada desde una toma ubicada a kilómetro y medio de la costa.
“¡Eso es lo que se llama una bomba!”, me grita Edo Bar-Zeev por encima del estruendo de los motores, sonriendo con indisimulado asombro ante la escena que tenemos enfrente. Los depósitos contienen varios metros de arena, a través de la cual el agua de mar se filtra antes de llegar a un enorme hangar metálico, donde se trasforma en suficiente agua potable para un millón y medio de personas.
Estamos en la nueva planta de desalinización de Sorek, la mayor instalación de ósmosis inversa del mundo, y estamos observando la salvación de Israel. Hace pocos años, en el punto álgido de su peor sequía en al menos nueve siglos, Israel se estaba quedando sin agua. Ahora tiene excedentes. Este vuelco notable se logró a través de campañas nacionales para conservar y reutilizar los escasos recursos hídricos del país, pero el mayor impacto provino de una nueva serie de plantas desalinizadoras.
Bar-Zeev, quien recientemente se incorporó al Instituto Zuckerberg para la Investigación del Agua tras finalizar su doctorado en la Universidad de Yale, es experto en biocontaminación, lo que siempre ha sido el talón de Aquiles de la desalinización y uno de los motivos por los que siempre había sido considerada como la última alternativa. La desalinización opera haciendo pasar el agua salada por membranas que contienen poros microscópicos; el agua los atraviesa mientras las moléculas de sal, más grandes, quedan atrás. Pero los microorganismos marinos colonizan rápidamente las membranas bloqueando los poros, y controlarlos requiere una limpieza periódica e intensiva empleando sustancias químicas, lo que resulta costoso.
La misión original del instituto era mejorar la vida en el seco desierto del Néguev, pero las lecciones aprendidas lucen cada vez más aplicables a todo el ‘Creciente Fértil’. “El Medio Oriente se está secando”, dice Osnat Gillor, docente del Instituto Zuckerberg que estudia el uso de aguas residuales para el cultivo. “El único país que no está sufriendo un agudo estrés de agua es Israel”. Ese estrés de agua ha sido un factor fundamental en la agitación que está desgarrando al Medio Oriente, pero Bar-Zeev piensa que las soluciones israelíes pueden ayudar también a sus sedientos vecinos, y en el proceso acercar a viejos enemigos en una causa común.
Llevados a la desesperación
En 2008, Israel se hallaba al borde de la catástrofe. Una sequía de una década había chamuscado el Creciente Fértil, y la principal fuente de agua dulce del país, el mar de Galilea (lago Kineret), había descendido a pocos centímetros de la ‘línea negra’, en la cual la infiltración de sales lo había inundado y arruinado. Se impusieron restricciones al consumo de agua, y muchos agricultores perdieron la cosecha de un año.
A sus contrapartes en Siria les fue mucho peor. A medida que la sequía se intensificaba y el nivel freático descendía, los agricultores sirios lo persiguieron, perforando pozos de 100, 200 y hasta 500 metros en una carrera literal hasta el fondo. Eventualmente los pozos se secaron, y las tierras agrícolas de Siria se esfumaron en una épica tormenta de arena. Más de un millón de agricultores se unieron a las enormes áreas marginales de las periferias de Alepo, Homs, Damasco y otras ciudades, en un fútil intento por encontrar trabajo. Y esa, según los autores de un artículo publicado en 2015 en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, fue la chispa que ha quemado a Siria hasta sus cimientos. “El rápido crecimiento de la periferia urbana de Siria”, escribieron los autores, “caracterizado por asentamientos ilegales, superpoblación, pobre infraestructura, desempleo y crimen, fue desatendido por el gobierno de Assad, y se convirtió en el núcleo de un creciente malestar”.
Más agua de la necesaria
Sorprendentemente, Israel tiene ahora más agua de la que necesita. El giro se inició en 2007, cuando se instalaron por todo el país duchas e inodoros de bajo consumo, y la autoridad nacional de aguas construyó sistemas innovadores de tratamiento que capturan el 86 por ciento del agua de los drenajes y cloacas para usarlos en irrigación; esto es mucho más que en el segundo país más eficiente del mundo en este aspecto, España, que recicla el 19 por ciento.
Pero incluso con esas medidas, Israel aún requería 1,9 millardos de metros cúbicos de agua potable cada año, y solo disponía de 1,4 millardos de las fuentes naturales. Ese déficit de 500 millones de metros cúbicos (Mm3) fue la razón de que el mar de Galilea se estuviera escurriendo como una bañera sin tapón, y de que el país estuviera a punto de perder sus granjas.
Entonces llegó la nueva etapa de la desalinización. La planta de Ashkelon comenzó a producir 127 Mm3 en 2005; Hadera otros 140 Mm3 en 2009. Y ahora Sorek ha agregado 150 Mm3. En conjunto, las plantas desalinizadoras israelíes pueden suministrar unos 600 Mm3 al año, y vienen más en camino.
Fuente: www.unidosxisrael.org






