
Desde muy pequeña he tenido problemas para comunicarme claramente
con la gente que me rodea. Y no es que no pueda hablar con mis amigos, familia o compañeros, pero tengo un pequeño problema dentro de mí. Verán, mi cerebro se la pasa divagando. No estoy en el presente. Realmente me pierdo dentro de las conversaciones triviales y paso a vivir en un mundo intangible en el que no tengo límites. En este mundo, tengo todo a mis pies. Surgen las ideas más locas y logro conectar puntos que nunca podría hacerlo de cualquier otra manera. Sin quererlo, me pongo a resolver situaciones inexistentes. Me pongo a analizar los detalles más exquisitos de la vida y cómo es que ello me afecta. Incluso ahora que escribo este artículo pienso en millones de posibilidades sobre qué nexo o palabra escribir después de que mis dedos se despegan de las teclas. A los ojos de muchos, soy un desorden. Y aunque hay varias veces en las que esto me ha podido jugar mal, lo considero una de mis más grandes fortalezas, pues es gracias a esta capacidad de ‘desordenarme’, es que me mantengo innovando constantemente. Casualidad lo podrán llamar unos, más para mí es un resultado de un excelente sistema y red dentro de mi vida. Macabi es el lugar en el que pude aprender a desarrollar esta locura y, realmente entender el desastre mental en el que me encontraba. Mi creatividad y capacidad humanitaria pudo integrarse a mi practicidad a partir de las peulot en las que me encontraba. Comprendí en ese entonces que no era un desastre, sino un orden no convencional. La responsabilidad que tenemos como educadores no formales es salirnos de este protocolo convencional. Desafiar la normatividad de las cosas y poder adaptarnos a las cabezas de nuestros janijim. Por más que el trato no es tan personalizado, todos tenemos una cosa en común. Alimentamos esa chispa individual que tiene cada niño para que no se apague y más que nada, que crezca y aprendan a usarla a su favor. Darles a entender que no porque se use un martillo para clavar clavos es la única solución. Impulsar la creatividad de cada individuo y desarrollar realmente su capacidad de análisis e interiorización. Solo así podremos impulsarlos a llegar a su máxima capacidad como individuos. Pero especialmente, a que sean excelentes a su propia manera. Seguros de sí mismos y constructores de nuevos caminos.
//NICOLE BRATT
Miembro de la Hanagá






