Ya se cumplen casi dos años desde que visité el Kotel por primera vez. Fui a Israel con mi generación de la
escuela como es tradición en México, cuando uno se gradúa de la Secundaria. Era mi primer año en una escuela judía, toda mi vida había estado en una laica en la cual nunca aprendí mucho acerca del judaísmo. Evidentemente, llegar al Kotel para mí no fue lo mismo que para el resto de mis compañeros. No se trataba de incultura ni de desinterés, se trataba de una desconexión con mi pasado y mi identidad, la cual me provocó confusión al llegar, para mí parecía ser una simple pared. Seguí a mis amigas y las vi colocar un papel entre los espacios de cada ladrillo, acompañado de una pequeña oración que rezaban con la frente pegada al Muro. Todo me hacía experimentar un sentimiento que nunca había tenido antes, el privilegio de sentir por primera vez, una conexión con el judaísmo y con la cultura de la hermosa religión que había sido parte de mi historia durante toda mi vida. Fue entonces que noté la división que existía entre los hombres y las mujeres.
Siempre fui a un templo en el cual las mujeres y los hombres tenían permitido sentarse juntos. Sabía que no en todos los templos era así, pero en mi realidad, cuando se tocaba el shofar en Yom Kipur, abrazaba a mi papá y a mi hermano bajo el talit. Nunca aprendí a fondo acerca de la Torá ni lo que representaban las diferencias entre los hombres y las mujeres en el judaísmo. Cuando preguntaba por qué a mí no me tocaba usar kipá, la respuesta siempre era “porque eres mujer y las mujeres no usan kipá”. Parada enfrente de una pared que días atrás no representaba nada, en ese instante se había convertido en un lugar espiritual y poderoso para mí, logré vivir esta diferencia como nunca antes. Mi viaje en Israel siguió adelante, visitamos el Kotel dos o tres veces más y regresé a México. Nunca compartí con nadie mi sentimiento de confusión y de curiosidad acerca de la división que existía ahí entre mujeres y hombres, dejé el tema a un lado, ya que me daba pena sonar irrespetuosa e incluso fuera de lugar. No fue hasta un año después, cuando en mi clase de hebreo nos enseñaron acerca de las ‘mujeres del Kotel’, que pude por primera vez expresar mi opinión.
Las mujeres del Kotel, o Neshot HaKotel, son un grupo de mujeres judías de Israel y de todas partes del mundo que hacen lo posible por usar talit, kipá, y sobre todo, leer la Torá fuerte y en conjunto en el Kotel. Este grupo de mujeres lleva en la lucha por estos permisos varios años, siendo rechazadas una y otra vez, ya que en esencia las leyes de la Torá no lo permiten. La principal intención de estas mujeres es lograr convertir el Kotel, el lugar más sagrado de la religión judía, en un lugar donde todos tengan la posibilidad de rezar libremente y de la manera en que cada persona se sienta más cómoda. Hace apenas un año, el Tribunal Superior de Justicia de Israel le dio treinta días al Gobierno israelí para encontrar buenos argumentos en contra de lo que las mujeres del Kotel estaban pidiendo. Al pasar los treinta días no se lograron encontrar razones suficientes, por lo cual se aprobó que se hiciera un espacio en donde las mujeres pudieran rezar fuerte y leer la Torá frente al Kotel. Esta decisión provocó una enorme controversia en Israel y en la diáspora, abriendo a debate la decisión.
Tras haber leído la noticia, me pregunté a mí misma cuál era mi opinión y qué sentía al respecto. Toda mi vida he sido una firme creyente del movimiento feminista y he defendido la equidad de género a toda costa. A pesar de tener esta postura, cuando se trataba de religión, no estaba muy segura qué opinar. Como mencioné anteriormente, nunca me vi muy involucrada con mi religión, así que no podía ser realmente objetiva en cuanto a si era correcta o no la decisión que se había tomado. Eventualmente me senté a investigar con mayor profundidad acerca del tema, y me di cuenta que realmente me sentía inspirada por este grupo de mujeres que decidió confrontar las reglas y luchar por su derecho a rezar en un lugar donde era igual de importante para ellas que para los hombres. Entendí que la mujer en la Torá, era vista como una figura superior al hombre, y que era esa la razón, la cual no era necesario, por así decirlo, que las mujeres rezáramos, ya que los hombres lo harían por nosotras. Hay dos cosas que esto me hace pensar, empezando por la primera: a pesar de que la mujer sea vista como superior en la religión judía y ‘puesta en un pedestal’, el hecho de poder rezar me parece a mí como un privilegio, no un martirio con el que tienen que cumplir los hombres y nos están ahorrando a nosotras. Mi segundo punto: es importante modernizarnos y poder acoplar la religión a la vida y necesidades de hoy en día. No solo en el tema de las mujeres, sino en todo. Es importante que, como judíos, ya sean conservadores, reformistas, ortodoxos o cualquier corriente existente, podamos acomodar la religión y adaptar sus reglas a la vida moderna y a la forma de vivir de hoy en día. Vivimos en un presente mucho más avanzado en el cual el feminismo es un movimiento enorme, las mujeres tienen muchos más derechos que antes, y la equidad de género es un ideal al que cada vez nos acercamos más y más. Es, en mi opinión, ilógico que a pesar de todo el avance que hemos logrado como mujeres, aún no se nos permita rezar como mejor nos acomode. Hay muchas mujeres que no quieren leer la Torá, usar kipá, y se sienten más cómodas rezando sin la compañía de hombres, y no estoy en contra de eso. Estoy en contra de que no se pueda tomar una elección. Cada quién debe tener la libertad de decidir cómo y dónde uno va a rezar, el mundo va a seguir en el camino de la equidad, y para mí, eso es lo más importante.
El Kotel es el lugar más sagrado para la religión judía. Negarle la oportunidad a una persona, ya sea hombre o mujer, de estar en contacto con la santidad de este lugar de la manera que uno quiera hacerlo, va en contra de mis principios e ideales. Es por esto, que yo, Nicole, estoy a favor de las mujeres del Kotel y creo que su papel en el judaísmo es trascendente.
Pensando ahora en mí hace dos años, parada frente a esa pared que ahora se ha vuelto en el anhelo de todos mis días, nada me gustaría más que poder pararme ahí otra vez y sentir que en ese lugar tan sagrado, hay la posibilidad de poder rezar libremente como mujer.
¡Jazak Ve’ Ematz!
