
Algo pasa en la orilla oriental del Mediterráneo. En poco más de cien años,
las dunas han dado paso a una de las capitales más trendies del planeta. Próspera, hedonista y mediterránea: así es Tel Aviv, la ciudad que no para, y esto es lo que necesitas saber para inspirarte en tu escapada a Tel Aviv.
La historia de éxito es conocida. Casi de repente, una gran ciudad mediterránea se da cuenta de que tiene ante sí cuanto necesita para convertirse en el norte magnético de todas las brújulas: clima, infraestructuras, playas, prosperidad y, sobre todo, una población decidida a cumplir a rajatabla el estilo de vida mediterráneo, ese que empuja a acoger al desconocido, vivir en la calle y disfrutar hasta el amanecer. En España, pasó hace un par de décadas con Barcelona, imprescindible desde entonces; y en este momento, es Tel Aviv donde se está creando the-next-big-thing. Una capital compacta, de medio millón de habitantes -con una media de edad de 28 años y donde la mitad de los hogares son unipersonales: puro territorio single- que, al caer la tarde, llenan sus avenidas y calles, dispuestos a pasarlo mejor que bien. Las comparaciones con Barcelona -por la efervescencia mediterránea y, desde luego, la misma bendita luz- o San Francisco y Madrid -por su electricidad creadora y condición de mecas GLTB- son evidentes, pero se quedan cortas para definir Tel Aviv, la capital económica de Israel, enclavada en una tierra donde la historia rebosa de cada piedra, y donde hierve un melting pot en el que coexisten, además de israelíes, desde jubilados estadounidenses a porteños fanáticos de Boca, pasando por iraníes, yemeníes o rusos, que debaten sobre cualquier cosa -de Messi a Kate Perry, de la sequía al precio de la vivienda- compartiendo un kalubi pulao afgano con el primero que se siente a su mesa.
Tel Aviv, una ciudad joven
Y, casi lo más sorprendente es saber que, hace apenas cien años, aquí no había más que la nada más absoluta y desértica. Ni una brizna de vegetación, ni un asentamiento. Tan solo dunas y, detrás, el desierto. Hasta que, en 1906, un grupo de pioneros se establecieron en las afueras de la ciudad de Jaffa, uno de los puertos más famosos de la Antigüedad, a la que pronto superaron en población e importancia -ambas ciudades se unieron en 1950, formando la actual Tel Aviv-Yaffo- y, de allí, sin parar hasta hoy, en que la ciudad no solo es uno de los centros mundiales de la alta tecnología sino, también -y muchos telavivianos dirían sobre todo-, una de las ciudades más hedonistas del planeta, un foco que atrae a artistas, creadores y bon vivants de todo el mundo. “Tel Aviv es color, sol, rústico, playas, cielo azul, moda, diseño… y, sobre todo, gente optimista que vive los días y las noches como si no hubiera un mañana”, dice Yossy Goldberg, uno de los diseñadores más reconocidos de Israel en su despacho de Elemento, su espectacular showroom de la ciudad vieja de Jaffa, el puerto de resonancias bíblicas al que siguen llegando, maravillados por su belleza mediterránea, los viajeros, que pierden el sentido -como lo perdieron ilustres viajeros como Napoleón- al pasear por un dédalo de calles con siglos de antigüedad repleto hoy de boutiques, galerías de arte y talleres de artistas, y donde lo común es encontrarse con una producción de moda de una revista internacional…
Tel Aviv, la ciudad que nunca para
“Dicen que Tel Aviv es la ciudad que nunca para, y es cierto”, dice la artista y mecenas neoyorquina Ilana Goor en la increíble azotea de su residencia-museo (www.ilanagoor.com), un edificio de tres siglos sobre el puerto de Jaffa, que atesora una de las mejores colecciones privadas de arte del Mediterráneo oriental en la que caben desde Giacometti a arte tribal africano, y que es un must para cualquiera que esté en la ciudad, desde presidentes estadounidenses a viajeros anónimos. “Para mí, y con todos los cambios después de tantos siglos, Jaffa sigue siendo un lugar mágico, donde sentir la historia pero, sobre todo, la belleza”.
Entonces, ¿qué es Tel Aviv? Más allá de que acoja la mayor colección mundial de edificios Bauhaus alrededor del Rotschild Boulevard -gracias a lo cual es Lugar Patrimonio de la Humanidad-, o a su condición de capital mundial de street art gracias a centenares de grafitis, muchos atribuidos a Banksy, la ciudad se incrusta en quien la visita por varias razones de peso. Una, el Tayelet, su fachada marítima, de catorce kilómetros y en los que hay una estupenda colección de trece playas urbanas para todos los gustos y sensibilidades: la de Nordau, para ortodoxos, la del Hilton para GTLB, las de Aviv y Gordon, para los locos del voleibol playa… Y, en todas ellas, amigos jugando al matkot, una especie de squash playero oriundo de la ciudad, como si les fuera la vida en ello, y beach bars como el Banana Beach o el Lamer donde los amigos comparten una cerveza mientras el sol desaparece a velocidad de vértigo, arrancando rosas imposibles de la arena de la playa.
Y, desde luego, la razón principal, su gente: patinadores de todas las edades que se lanzan a toda velocidad por el paseo marítimo mientras suben a Instagram fotos del skyline gracias al wifi gratuito que cubre casi toda la ciudad, y agricultores que venden a los hipsters el fruto de sus cosechas, cultivadas en el desierto con técnicas de ciencia-ficción desarrolladas en los rascacielos del distrito financiero. Abuelas drusas que muelen pan en cualquier calle, y peluqueros que invitan a té en su salón al viajero que se para ante la puerta de su salón a consultar su mapa… Puro carácter mediterráneo. “Cuando en Jerusalem alguien te dice “vamos a tomar café”, te está invitando a su casa; cuando te lo decimos en Tel Aviv, queremos decir “vayámonos por ahí a tomarlo, a donde sea”, cuenta Igal Zeevi, historiador, ante un magnífico expreso doble en el Dallal, uno de los locales más recomendables de este Neve Tzedek al que expats y smart travellers han aupado, muy merecidamente, a lo alto de la lista de los barrios más cool del mundo. Y es que eso es Tel Aviv: puro territorio cool. Y siempre habrá alguien que le invite a un café.
Fuente: www.tugranviaje.com
