Un Amistad Verdadera

Categoría: Secundaria
Género: Cuento
Título del trabajo: Un Amistad Verdadera
Seudónimo: Moy

Moisés era un chico común, casi invisible, de esos que pasan desapercibidos en el salón y que los profesores apenas notan porque no causan problemas. Pero un gesto de mi hermana hizo que me fijara en él. Íbamos en el mismo grupo, y una simple conversación bastó para darme cuenta de lo especial que era. A veces, las mejores amistades nacen en silencio, donde nadie las espera. Así comenzó la historia de cómo Moy se hizo amigo de mi hermana Ilana

Un día como cualquier otro, fue al parque a distraerse. Después de caminar un rato, se sentó a descansar. Fue entonces cuando vio a una niña que llamó mucho su atención: tenía el cabello largo, unos ojos verdes muy brillantes y cargaba una mochila, de forma impecable.

Moisés no podía dejar de mirarla. Comenzó a imaginarse cómo serían sus cuadernos. “¿Tendrá historias escritas sobre ella misma? ¿Qué le gustará hacer? ¿A qué escuela irá? ¿Será buena estudiante? ¿Tendrá muchos amigos?”, pensaba mientras la observaba de lejos.

De pronto, otra niña se acercó a ella, y ambas se fueron platicando y riendo de forma contagiosa. Moisés también se rio sin querer y  se quedó con muchas preguntas sin respuesta… pero también con ganas de conocerla, por esa actitud tan desenfadada que tenía.

Esa tarde pensó que le gustaría hablarle, pero su timidez le impidió hacerlo. Aun así, algo dentro de él le decía que sería bonito ser su amigo. Al día siguiente fue al parque a la misma hora y al mismo lugar, con la esperanza de verla otra vez. Pero no la encontró.

El tercer día hizo lo mismo. Nada, no la encontraba.

Pasó el fin de semana con un sentimiento de angustia. Se arrepentía de no haber tenido el valor de hablarle. Pensó: Si lo hubiera hecho, no estaría con esta incertidumbre. Esta semana lo intentaré, y si no, pues ni modo.

El miércoles, volvió con la esperanza casi apagada. Pero justo cuando pensaba que no la vería, escucho su risa, ahí estaba, sentada en la misma banca 

Moisés se puso nervioso. Le sudaban las manos, sentía mariposas en el estómago, pero no quería perder otra oportunidad. Reunió valor, respiró profundo, y se acercó.

—Hola —dijo con una voz temblorosa.

La niña lo miró, sorprendida. Solo alzó la mano para saludar.

—¿Te asusté? —preguntó Moisés, tratando de romper el hielo.

—Un poco —respondió ella y sonrió—. Me llamo Ilana.

—Yo soy Moisés. Mucho gusto. Comenzó una ronda de preguntas  ¿Cuántos años tienes? ¿En qué colegio vas?  ¿Dónde vives? ¿Quiénes son tus padres?  ¿Tienes hermanos? ¿Eres aplicada? ¿Cuántos amigos tienes? ¿Te puedo invitar un helado?

Ilana dudó por un momento, también estaba nerviosa, pero sonrió y le dijo que le gustaban los helados.

Fueron a comprar helados y se sentaron un rato, pero Ilana le explicó que pronto llegaría su amiga porque tenían clase de baile juntas. Moisés le preguntó si podía darle su número para seguir en contacto, y ella accedió. Poco después, su amiga llegó y se despidió.

Esa misma tarde, Moisés le escribió. Y así comenzó una linda amistad. Todos los días se mandaban mensajes, contándose lo que hacían en la escuela, sus gustos, sus miedos y sueños. Poco a poco, todas las dudas que Moisés tenía sobre ella fueron desapareciendo, y nació entre ellos una conexión sincera.

Decidieron verse en el parque una vez por semana para hablar. Al principio, las conversaciones eran sobre clases y amigos, pero con el tiempo, al crecer la confianza, hablaron de cosas más profundas: sus familias, sus preocupaciones, sus metas.

Se volvieron mejores amigos, inseparables. Moisés sentía que podía contarle todo. Aunque al principio le daba pena decir que su mejor amiga era una niña, entendió que la amistad verdadera no tiene género, sólo corazón. Ilana lo comprendía como nadie más.

Un día, Moisés le contó que pronto haría su Bar Mitzvá y que iba a tener menos tiempo porque debía prepararse: estudiar, ensayar, aprender a rezar. Le pidió a Ilana que no se sintiera mal, que ella siempre sería importante para él.

Ilana, aunque le dijo que lo entendía, se sintió dolida, pensó que estaba perdiendo a su amigo. Con el tiempo, Moisés se fue alejando sin darse cuenta, concentrado en sus estudios y su preparación. Ilana se enojó. Sentía que su mejor amigo ya no la buscaba como antes, y decidió dejar de hablarle.

Moisés se preocupó mucho. Intentaba hablarle, pero Ilana solo respondía de forma distante o con emoticones que sonaban a oks.

Finalmente, llegó el gran día del Bar Mitzvá. Moisés la invitó, pero no sabía si vendría.

Estaba nervioso. La sinagoga estaba llena, todo era solemne, y él debía leer frente a todos. Pero su mente estaba dividida entre el rezo… y la ausencia de Ilana.

Cuando se levantó para empezar a leer, la vio entrar; Ilana, con una expresión seria pero decidida, caminó hasta el lugar donde estaban los invitados. Al terminar la ceremonia, se acercó a Moisés y le dijo:

—Perdón por haberme alejado. Estaba enojada porque pensé que me habías cambiado por tus nuevas responsabilidades. Pero hoy me di cuenta del esfuerzo que hiciste, del significado que tenía para ti esta ceremonia. Me sentí muy orgullosa. Nuestra amistad es tan fuerte, que ni la distancia ni el tiempo la pueden romper. A veces, tenemos que sacrificar cosas importantes por otras aún más importantes… y eso está bien, mientras nunca olvidemos quiénes somos ni a quién llevamos en el corazón.

Moisés sonrió. No necesitaba decir nada más.

Esa noche celebraron juntos como tantas veces antes. La amistad que habían construido, con valentía, confianza y tiempo, había superado una gran prueba.

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