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Estrategias fallidas por percepciones distorsionadas de la realidad

Centro Deportivo Israelita, A.C.

 

“El Muro seguirá existiendo dentro de cien años”. Erich Honecker, Presidente de Alemania Oriental en enero de 1989 (diez meses antes de la caída del Muro de Berlín) 

Tercera parte

En los artículos anteriores analicé varios casos donde errores de percepción causaron graves pérdidas, como la entrada de Rusia a la Primera Guerra y la pasividad francesa en el periodo entre guerras. También revisé algunos eventos donde se desaprovecharon oportunidades valiosas, como el ataque a Pearl Harbor por parte de la aviación japonesa y el bloqueo a Dunkerque por parte del ejército alemán. Comenté además, la percepción equivocada que tenían tanto Roosevelt como varios intelectuales de la época en relación al Stalinismo y mencioné las oportunidades perdidas durante la Guerra Fría (1947 a 1989), donde la desconfianza, tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética, fue el factor que distorsionó la percepción de ambos bandos, poniendo a la humanidad al borde de una guerra nuclear en varias ocasiones.

En los siguientes años parecía que la situación no cambiaría. Las rebeliones de Budapest en 1956 y de Praga en 1968 fueron brutalmente reprimidas por las tropas soviéticas. La Cortina de Hierro parecía algo permanente. Sin embargo, a finales de la década de los ochenta el sistema soviético se derrumbó, ante la incredulidad de prácticamente todos los agentes políticos. Como lo señala Victor Sebestyen en su libro Revolution 1989; The Fall of the Soviet Empire: “Aun cuando el espionaje jugó un papel crucial en la Guerra Fría, los espías nunca alertaron a sus gobiernos sobre lo debilitado que estaba el sistema soviético y su inminente desintegración”. La percepción de la realidad estaba tan distorsionada, que cualquier informe de inteligencia era desestimado por los mandos superiores. Un buen ejemplo de este tipo de visiones distorsionadas fue la predicción del famoso economista Paul Samuelson, quien en su famoso libro de texto publicado en 1961, predijo que la economía soviética sobrepasaría a la economía de Estados Unidos entre 1984 y 1987.

Un hecho que pasó desapercibido en su momento y que fue determinante para la caída del Comunismo, fue la firma de los Acuerdos de Helsinki en 1975 entre la Unión Soviética, Estados Unidos y la mayoría de los países de Europa, donde se aceptaron las fronteras de la posguerra y se reconoció oficialmente a la República Democrática Alemana (Alemania Oriental). El acuerdo también incluía el compromiso, por parte de los países que integraban el Bloque Comunista, de respetar los derechos de libertad de palabra y de asociación plasmados en la Carta de la ONU. El dirigente ruso Leonid Brezhnev y su Secretario de Relaciones Exteriores, Andrei Gromyko, nunca imaginaron que el acuerdo le daba a las organizaciones de derechos civiles una herramienta que sería utilizada contra los regímenes de la propia Unión Soviética y de sus países satélites. Por primera vez desde la década de los treinta, los habitantes de Europa Oriental tenían la posibilidad de formar organizaciones informales de disidentes para reclamar sus derechos, sin poner en riesgo sus vidas o las de sus familias.

Por otra parte, el envejecimiento de la elite en el poder de la Unión Soviética y su aferramiento a la mentalidad de la posguerra, hizo que la percepción de sus líderes se alejara cada vez más de la realidad. Brezhnev, sucesor de Nikita Khruschev desde 1964, vivía con somníferos y tranquilizantes desde que se le descubrió arterioesclerosis en 1974. En 1979 cometió el error de invadir Afganistán, ignorando las fallidas experiencias de la propia Rusia y de Gran Bretaña en el siglo XIX, enfrascándose en una batalla que nunca pudo ganar. Yuri Andropov, quien sustituyó a Brezhnev en 1982, había dirigido la KGB por casi veinte años y estaba convencido de la inminencia de un ataque nuclear por parte de Estados Unidos. Su equivocada decisión de derribar un avión civil de Corea del Sur que volaba por error en territorio soviético en marzo de 1983, evidenció el alto grado de paranoia que existía entre los dirigentes. Cuando Andropov murió en 1984, ocupó su lugar Konstantin Chernenko, otro miembro de la llamada ‘gerontocracia’ soviética quien además de estar enfermo, añoraba los tiempos de Stalin. 

 Mientras tanto en Estados Unidos, Ronald Reagan que había iniciado su gobierno en 1981, refiriéndose a la Unión Soviética como ‘el Imperio del Mal’ (haciendo alusión a la película Star Wars), se dio cuenta en 1983 de que el riesgo de una guerra nuclear era inminente y que no había un posible ganador, por lo que hizo a un lado a varios de sus asesores ultraconservadores para buscar un acercamiento con el liderazgo soviético, pero tuvo que esperar dos años para tener alguien con quien negociar.

El sucesor de Chernenko, Mijail Gorbachov, quien inició su mandato como líder de la Unión Soviética en 1985, entendió la debilidad del Comunismo y la necesidad de llevar a cabo un cambio, por lo que detonó una apertura política llamada Glásnost e intentó efectuar una reestructuración económica denominada Perestroika. Sin embargo, no tenía la intención de abandonar la planeación centralizada, ni el rol preponderante del gobierno en la economía. De hecho, Gorbachov nunca quiso abandonar el Comunismo, ya que pensaba ingenuamente que su destino era salvarlo.

Después de vivir la trágica explosión de Chernóbil en el año de 1986, Gorbachov aprendió de la crisis que enfrentó y se convirtió en un entusiasta defensor del desarme nuclear. Junto con sus contrapartes occidentales Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se dio cuenta de que la carrera nuclear debería frenarse y que la confianza mutua podía lograr mucho más que años de amenazas. Tanto Reagan, como Thatcher y Gorbachov, lograron romper con los prejuicios de varias décadas y entender una realidad que sus antecesores nunca habían querido aceptar.

 Mientras eso ocurría, los países satélites del bloque Comunista fueron viviendo cambios importantes. Alemania Oriental que en 1974 había sido catalogada como la décima segundo economía del mundo y cuyos éxitos deportivos le valieron la admiración a nivel mundial, se fue endeudando cada vez más. Polonia, además de haber quintuplicado su deuda externa y sufrir una inflación creciente, se enfrentaba al descontento de la sociedad civil, que se fue cristalizando alrededor del movimiento Solidaridad, que surgió en los astilleros del puerto de Gdansk (Danzig) y que contó con el apoyo del Papa Juan Pablo II. En Checoslovaquia, un grupo de intelectuales disidentes encabezados por Vaclav Havel fue tomando cada vez más fuerza. Havel se había vuelto famoso por sus escritos en la red de literatura subterránea llamada Samizdat y su crítica al presidente Gustav Husak, a quien se refería como el “presidente del olvido” por su propensión a suprimir partes de la historia checoslovaca de manera selectiva.

Fue en el año de 1989 cuando estas inquietudes se conjuntaron en una serie de hechos que concluyeron con la caída de los regímenes comunistas. Como comenta Niall Ferguson en su libro The square and the tower: “Cada día que pasaba iba debilitando a los regímenes de Europa Oriental e incrementando el número de ciudadanos que protestaba”. En mayo de ese año el gobierno comunista de Hungría decidió abrir su frontera con Austria. En junio, el sindicato Solidaridad, ya como partido político, ganó las elecciones en Polonia. En septiembre, Hungría siguió el ejemplo de Polonia y aceptó tener elecciones libres. En octubre, mientras Erich Honecker afinaba los preparativos para celebrar el cuarenta aniversario de la República Democrática Alemana, miles de personas se manifestaban, reclamando la unión con Alemania Federal. En Berlín Oriental el 9 de noviembre, después de una rueda de prensa donde se informó que se permitiría la salida del país a quien lo quisiera hacer, los habitantes de la ciudad se dirigieron en masa a los puestos fronterizos y, para la medianoche, estos tuvieron que ser abiertos. Los dirigentes del partido fueron tomados por sorpresa, nunca pensaron que se generaría una estampida hacia la frontera. El Muro de Berlín se derrumbó. Solo una semana después, en Checoslovaquia, la población se sumó a las manifestaciones estudiantiles, lo que provocó la caída del gobierno. Mientras que la derrota del Comunismo en Polonia tomó diez años y en Alemania Oriental diez semanas, en Checoslovaquia la Revolución de Terciopelo se dio en diez días. 

 Uno a uno, los regímenes de los países del Bloque Comunista se fueron derrumbando ante la incredulidad de sus líderes. Pero tal vez la mayor sorpresa se la llevó el propio Gorbachov, quien pensó que las grandes multitudes que lo habían aclamado en sus visitas a Berlín y Praga, abrazarían el nuevo comunismo soviético. Su convencimiento incondicional del Comunismo lo hizo perder la perspectiva de su propia realidad. En agosto de 1991 se produjo un intento de golpe de Estado en su contra y poco tiempo después, ya muy debilitado políticamente, el líder reformista soviético decidió renunciar. 

En el momento actual varios de los paradigmas económicos se han puesto en duda y muchos líderes, preocupados legítimamente por mejorar la distribución del ingreso de la población, proponen agendas redistributivas cuya factibilidad económica es bastante cuestionable.  

Ahora, más que nunca, es urgente aprender de los errores históricos y tener una visión objetiva de lo que puede o no lograrse en materia económica. Pensar que se puede lograr un mayor desarrollo económico, sin contar con un crecimiento sostenible o que este último es alcanzable sin la confianza de la inversión privada, refleja desde mi punto de vista, una percepción distorsionada de la realidad. La confianza requiere de instituciones independientes que funcionen como contrapesos, además de incentivos alineados y de un nivel de seguridad adecuado para los ciudadanos. Es imperativo tener una visión realista.

 //Moisés Tiktin*

*Artículo publicado en El Economista el 6 diciembre, 2019.