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¿Antibióticos? Un gran, gran problema.

By CDI9 julio, 2018No hay comentarios10 Mins Read
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De casi 900 personas premiadas con un Nobel desde 1901, solo 48 son mujeres. Una de ellas es

esta investigadora israelí de aire rebelde, Ada Yonath, Nobel de Química en el 2009 y empeñada en conocer el origen de la vida. Gracias a su trabajo, también se podría avanzar en el descubrimiento de una nueva generación de antibióticos. 

Química, bióloga molecular, profesora e investigadora, Ada Yonath (Jerusalem, Israel, 22 de junio de 1939) tiene mucho conocimiento por transmitir, pero en la entrevista aprovecha cualquier respiro para ser ella la que pregunte. Yonath dice que siempre ha tenido una curiosidad insaciable, que llevó a una niña –de una familia humilde emigrada de Polonia al naciente Estado de Israel– a estudiar Química e iniciar una brillante carrera.

Pero nada le vino rodado. Tuvo que trabajar para pagarse los estudios, y muchos colegas se burlaron de ella cuando se propuso describir el ribosoma, que es la fábrica de proteínas que hay en las células, y cómo se hace la síntesis de proteínas. Diversos grupos científicos lo habían intentado sin éxito. A ella le llevó veinte años conseguirlo. Su equipo hizo más de 25 mil intentos y desarrolló nuevas técnicas de cristalografía, con la que se estudia las estructuras de átomos (tras un posdoctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, el MIT, Yonath en 1970 había creado el primer laboratorio de cristalografía de proteínas en Israel).

Por describir la estructura de los ribosomas y cómo en ellos se trasladan las instrucciones del genoma a cadenas de aminoácidos que forman las proteínas recibió, en el 2009, el Nobel (compartido con dos colegas). Hacía 45 años que el de Química no se daba a una mujer. De hecho, lo han recibido cuatro: Yonath, Dorothy Crowfoot Hodgkin e Irène Joliot-Curie y su madre, Marie Curie.

Tras su hallazgo, los equipos que lideró Yonath en los institutos Weizmann de Israel (donde se había doctorado) y el Max Planck de Hamburgo estudiaron, por ejemplo, cómo los antibióticos eliminan bacterias impidiendo que sus ribosomas fabriquen según qué proteínas. Estos trabajos pueden ayudar a diseñar nuevas generaciones de antibióticos. La científica aún dirige el Centro de Estructura Biomolecular del Instituto Weizmann, cerca de Tel Aviv, donde persigue explicar cómo se origina la vida en esa producción de proteínas que son las que dirigen todo organismo vivo.

Ganó el Nobel, debe de estar orgullosa de su carrera. ¿Por qué decidió estudiar Química, hacerse científica?
No lo decidí, ocurrió. Yo quería ser escritora; de novelas. Pero no era buena. Y era muy curiosa. Cuando comprendí que no sería escritora, aún me hice más curiosa, y estaba claro que para entender el mundo necesitaba la ciencia. Cuando fui a la universidad, en Israel no había mucho donde escoger y había una gran competencia para obtener plaza. Elegías tu primera opción, la segunda y la tercera. En esa época, Química era muy popular, el curso anterior hubo más de 850 solicitantes para 48 plazas. La segunda opción era Física, donde era más fácil ser admitido, pero tenías que ser muy buen estudiante porque tras el primer año echaban al 80 por ciento. Pensé que si ponía primero Física ya no tendría opción de estudiar Química, que me gustaba más, así que la puse como primera opción y entré, pero no es que toda mi vida hubiera querido ser científica. En mi familia éramos pobres. Mi padre murió cuando yo tenía 11 años y mi hermana, 3. Mi madre apenas tenía ingresos, y sentía que debía ayudarla. Sobreviví haciendo muchos trabajos. He conseguido más de lo que nunca hubiera soñado o imaginado como científica, pero ni siquiera sabía que existía esta profesión.

No debía de ser fácil para una mujer en aquella época, en Israel, empezar una carrera de ciencias, ¿no era un mundo de hombres?
No sé de hombres o mujeres. Ni nunca me he sentido más atrevida por ser mujer. ¿Ha visto alguna vez a dos hombres pelear por el mismo puesto de trabajo? Hombre contra hombre. ¡Pueden matarse entre ellos! No hay esa rivalidad entre un hombre y una mujer. Como le decía, yo nunca pensé en hacer carrera. Ni sentí que tuviera problemas por ser mujer. Me pareció interesante y ya está. No solo en la universidad, entre los muchos trabajos que hice también los había de hombres.

¿Y nunca se ha sentido discriminada por ser mujer? 
No. La gente se rió mucho de mí, durante veinte años fui blanco de burlas, pero por mi proyecto, no por mi género. Me llamaron soñadora y fantasiosa, me decían que no lo conseguiría, que no se podía conseguir, ‘bla bla bla’. Quizá si hubiera sido un hombre habrían sido menos desagradables…, pero no lo sé, no puedo decirlo, algunos me lo han comentado, yo no lo sentí así. Lo siento, no vale para la lucha de la mujer, pero es lo que hay. Además, en mi grupo siempre ha habido un 75 u 80 por ciento de mujeres, tanto en mi universidad de Israel como en el Max Planck, de Alemania, siempre ha habido más mujeres que hombres y eran todas excelentes. Pero también los hombres lo eran. En mi opinión, la diferencia entre personas está en la motivación, la experiencia, la dedicación, la curiosidad, pero no en el género. Siempre que me preguntan (incluidas mujeres): “Ah, pero tener hijos, ¿no es un problema?”, les contesto que tener hijos es una bendición, no un problema (ella tiene una hija y presume de su nieta de 22 años). Los hombres, ¿pueden quedarse embarazados?, ¿dar a luz? Emocionalmente, tenemos ventajas.

¿Qué consejo daría a las jóvenes interesadas en la ciencia?
Solo tengo un consejo para los jóvenes, sean chicas o chicos: no busquen consejos, hagan lo que sientan que es mejor para ustedes, lo que deseen, lo que sientan que más les satisface. Si uno quiere ser bailarín… pero que sea buen bailarín. Y lo mismo si pianista, deportista o político. Si a uno le interesa la ciencia, que se dedique a ella, pero no por seguir un consejo sino porque así lo sienta.

Como hizo usted.
Sí. Nadie me aconsejó que me dedicara a esto, mis padres no eran científicos, ni nadie cercano a mí.

Su padre estudió para ser rabino (no lo fue). ¿Tuvo usted una formación religiosa? ¿Un científico puede conciliar sus creencias religiosas con la ciencia? ¿Puede creer en Dios?
No tuve una educación religiosa ni en casa éramos muy religiosos. Si un científico cree en D-os, es cosa suya. Hay buenos científicos que son religiosos, supongo que no hacen nada que vaya contra su religión. Hay matemáticos, físicos, filósofos… No sé, quizás puedan combinarlo, quizás no. Es que la religión no es solo creer en unas reglas, incluye aspectos humanísticos globales. En la Biblia dice: sé bueno con los demás. Yo esto lo cumplo; no tengo problema en cumplirlo. Respeta a tus padres: lo cumplo. Respeta a los demás: lo hago. Creo que la religión tiene dos niveles, uno más de filosofía humanística y otro de practicar unos ritos para ser parte de una comunidad, que para mí es restrictivo.

Trabajó en centros de prestigio en Estados Unidos, Alemania… ¿Por qué se quedó en Israel y no se instaló en uno de esos países?
Siempre he estado en Israel. Hice el posdoctorado en el MIT, adonde fui con mi marido y mi hija, pero quería estar con mi madre, mi hermana, que se quedaron en Israel. Y me gusta mi Instituto Weizmann. Durante mis 24 años de trabajo con el Max Planck he ido y venido entre Israel y Alemania.

Se lo preguntaba porque muchos científicos prefieren trabajar en países como Estados Unidos, donde disponen de más recursos para investigar.
¡Israel es un país maravilloso! Allí se respeta mucho la ciencia, aunque dinero no te dan mucho. Casi nada. Los recursos económicos no son el punto fuerte, al final, la ciencia básica tiene poco apoyo… Aunque la inversión en Europa tampoco es tanta. Ni tampoco se trata solo de dinero, también cuentan la atmósfera, la actitud, el respeto, y de esto tenemos en Israel, aunque no dinero. Pero incluso con poco dinero se puede hacer mucho.

Gracias a sus conocimientos sobre el ribososoma analizó la función de los antibióticos. ¿Tenemos antibióticos para años aún o estamos al borde de su efectividad por la resistencia de las bacterias a ellos?
Cuando empezaron a utilizarse después de la Segunda Guerra Mundial, la resistencia de las bacterias a estos fármacos creció rápidamente (ya se había observado antes). Si miramos este punto de vista de la resistencia tendremos un gran, gran problema, lo han dicho las autoridades sanitarias y es cierto, la resistencia crece más rápido de lo que se puede combatir. Por eso estamos intentando hacer nuevos antibióticos.

¿Por qué hay tan pocos y es tan difícil conseguir nuevos?
Porque lleva mucho tiempo investigarlos, hay pocas ideas y los laboratorios quieren hacer dinero, así que prefieren investigar otros medicamentos contra el Alzheimer, el cáncer, cócteles de fármacos para la Tercera Edad, contra el colesterol, la diabetes y la hipertensión… porque la gente ahora vive más años –gracias a los antibióticos no se mueren jóvenes por infecciones– y se dan más estas enfermedades, y las compañías que invierten en estos campos pueden vender más.

Yonath se interesó por los ribosomas que hay en las células “porque controlan la química del ser vivo, y me pareció interesante saber cómo se expresaba la genética”. Cuenta que el organismo vivo sabe, gracias al código genético, cómo producir las proteínas que dirigen sus diferentes funciones, para qué necesita cada una y eliminarlas si no las usa. Las proteínas son cadenas de cerca de 200 aminoácidos que, según cómo se ordenen, forman una u otra proteína.

La científica ha aplicado sus conocimientos sobre estos mecanismos a estudiar antibióticos más efectivos o específicos. Su equipo descubrió, por ejemplo, una quincena de puntos, al formarse las proteínas, en los que si se actúa se puede impedir esa síntesis de proteínas, lo que podrían ser dianas para crear nuevos fármacos. Yonath dijo que no cree que se consiga ganar el combate de la resistencia microbiana “porque las bacterias son muy listas”, sí está segura de que podrán crearse “antibióticos nuevos, más ambientalmente friendly (amigables), más personalizados, específicos para diferentes infecciones”.

¿Se puede conocer el origen de la vida a partir de lo que usted estudia? ¿Cómo?
Sí, de los ribosomas. El ribosoma es una máquina muy inteligente que sabe qué hacer y cómo hacerlo. Usa las instrucciones genéticas para fabricar las proteínas. Para entendernos, el lenguaje de la genética son cuatro letras y él las traduce a combinaciones de veinte en diferentes lenguas. Está en todas las células de todo ser vivo y en todas partes funciona más o menos igual. Puede actuar de manera muy sofisticada, pero no en la función básica de enlazar aminoácidos. Lo hemos estudiado en más de 900 células de origen distinto y eso siempre funciona igual, y pensamos que es en ese pequeño mecanismo, que supone el cuatro por ciento del ribosoma, donde se inició la vida.

Fuente: MagazineDigital

Fuente: http://unidosxisrael.org

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