
Mi carrera como gimnasta empezó a los 13 años, algo grande para iniciar este deporte
y muy lejos de cumplir con el estereotipo. Terminó nueve años después, con una rutina de cinta que duró un minuto y medio y unos cuantos segundos parada en el pódium. Pero ¿cómo se mide una vida como gimnasta rítmica? ¿Son los nueve años que estuve en el deporte? ¿El número de medallas que llegaron a estar colgadas en la pared de mi cuarto? ¿Los lugares donde tuve competencias, entrenamientos e intensivos? ¿Las decenas de pares de punteras agujereadas? ¿Las horas que pasé haciendo trabajo de flexibilidad? ¿El número de veces que se me cayó la pelota practicando un lanzamiento en el entrenamiento? ¿El número de ampollas y moretones que me dejaron las clavas? ¿El número de veces que forré mi aro? ¿Las repeticiones de cada rutina con música? ¿La cantidad de correcciones de mis entrenadores? ¿El minuto y medio que duró mi última rutina? ¿Esos últimos segundos en un pódium? Cinco años después de haber encontrado la fuerza para tomar una de las decisiones más difíciles y decirle adiós a mi carrera como gimnasta, me doy cuenta de que esos nueve años se desvanecieron, acabaron en un abrir y cerrar de ojos. Era inevitable y ordinario llegar al punto b. Sin embargo, hubo algo entre el punto a y el b que lo hizo extraordinario. Hay una infinidad de momentos que me hicieron crecer, que me pusieron a prueba, que me dieron las mayores decepciones y el más profundo orgullo, que pusieron en mi camino a personas irremplazables y enseñanzas invaluables. Una infinidad de momentos que me hicieron la persona que soy. Mi vida como gimnasta pudo haber acabado hace cinco años. Pero sin ella, nunca hubiera logrado estar aquí el día de hoy. Desempeñándome orgullosamente como profesionista, el día de hoy como Directora de Desarrollo Institucional en la Universidad Hebraica, con estudios internacionales y títulos de licenciatura y maestría. Trabajando cada día por hacer de este mundo un lugar mejor a través del arte y la educación. Lo único que me queda el día de hoy es decir gracias. Gracias Michelle por no rendirte y seguir adelante con el mismo compromiso, determinación y disciplina que te caracterizan. Gracias por no dejar de luchar hasta alcanzar la meta inimaginable, siendo la primera gimnasta del CDI en clasificar en clase I-B, compitiendo al más alto nivel nacional, con incontables competencias alrededor de la república y la Macabiada Mundial 2013, seleccionada como parte de la escolta. Gracias a mis entrenadores por hacer de mí la mejor gimnasta que pude ser. Gracias por estar presentes cada vez que fallaba, en creer en mí y en mi trabajo, repitiéndome de todo lo que era capaz hasta que me lo creyera y repitiendo junto a mí cada paso de cada rutina hasta lograr que fueran excelentes. Gracias al equipo que me enseñó cómo ser una lideresa, a mi grupo de niñas de 4 años que me enseñó a ser maestra, a las chiquitas del equipo que me enseñaron cómo ser un ejemplo y modelo para seguir. ¡Gracias a la Gimnasia Rítmica por hacerme quien soy!
