Poner límites también es un acto de amor

Poner límites también es un acto de amor

Los niños piden a gritos límites…

La sociedad conoce los límites como una manera de educar, enseñar y corregir conductas no deseadas en nuestros hijos, sin embargo, con el paso del tiempo, esta palabra ha pasado a representar, en muchos casos, una forma de represión hacia la infancia. Los adultos hemos confundido la crianza respetuosa, la disciplina, los límites y las normas, por lo que observamos con más frecuencia a niños gritando, amenazando y desafiando, ya que no tienen claro qué es lo que se espera ni lo que se necesita de ellos.

Por eso es importante preguntarnos: ¿qué son los límites?

Los límites son aquellas reglas, normas y estructuras claras en donde se define qué comportamientos son esperados y aceptados, y cuáles no; estos funcionan como una guía para brindar seguridad, confianza y anticipación en el desarrollo socioemocional y físico de nuestros hijos. Asimismo, es importante mencionar que los límites no son un castigo, sino una manera de enseñar autocontrol, seguridad y respeto hacia ellos mismos y hacia los demás.

A través de los límites, los niños desarrollan estructura y seguridad, ya que les enseñamos a manejar emociones incómodas como la frustración, el enojo o el aburrimiento, las cuales son cruciales para la madurez emocional.

Tomando en cuenta esto, es importante hablar sobre los errores más comunes al establecer límites:

  1. No saber qué límite quiero o debo poner por miedo a dañar o invalidar el estado emocional de mi hijo.
  2. No explicar el límite a mi hijo, por obviar las normas sociales, sin embargo, como adultos, nunca debemos perder de vista que nuestros hijos están aprendiendo todo sobre el mundo en el que viven.
  3. No ponerse de acuerdo como pareja o en familia; por lo general, uno marca el límite y el otro lo rompe, minimizando la autoridad del otro.
  4. Ser incongruente con los límites, es decir, hoy sí lo respeto, pero mañana no. Esto no solo no ayuda, sino que confunde a los niños y, cuando queramos volver a establecerlos, será complicado, ya que no hay claridad.

 Algunos de los mitos sobre los límites son creer que pueden “traumar” al niño, que implican ser autoritario o alzar la voz, o que el niño dejará de quererme si los establezco; también existe la idea de que restringen la libertad/creatividad. Por ello, es fundamental recordar que las consecuencias deben ser proporcionales al acto cometido y a la edad madurativa del menor.

En este último punto, es importante dejar en claro que los niños pueden elegir ciertas cosas, siempre y cuando no rompan reglas, por ejemplo, qué ropa usar, cómo peinarse o expresar lo que sienten de manera asertiva. Estos ejemplos también representan, para nosotros como adultos, un ejercicio para aprender a soltarlos, acompañarlos y permitirles tomar decisiones.

Una de las consecuencias de no establecer límites a tiempo es generar desorientación, inseguridad y baja tolerancia a la frustración, lo que, a largo plazo, puede derivar en niños caprichosos, berrinchudos y con dificultad para aceptar y seguir normas sociales y escolares.

Como papás, tenemos un gran trabajo por delante en la educación de nuestros hijos, ya que ellos son el reflejo de lo que viven, escuchan y ven en casa.

Depende de nosotros cómo queremos que nuestros hijos nos traten y traten a los demás.

Porque, al final, poner límites no es limitar, es guiar, es enseñarles hasta dónde sí y hasta dónde no, es darles herramientas para la vida. Un niño que crece con límites claros tiene una mayor seguridad para relacionarse con el mundo y consigo mismo.

// Sofía Lizarde

Departamento de Psicología del CDI