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Poner límites también es un acto de amor
Los niños piden a gritos límites…
La sociedad conoce los límites como una manera de educar, enseñar y corregir conductas no deseadas en nuestros hijos, sin embargo, con el paso del tiempo, esta palabra ha pasado a representar, en muchos casos, una forma de represión hacia la infancia. Los adultos hemos confundido la crianza respetuosa, la disciplina, los límites y las normas, por lo que observamos con más frecuencia a niños gritando, amenazando y desafiando, ya que no tienen claro qué es lo que se espera ni lo que se necesita de ellos.
Por eso es importante preguntarnos: ¿qué son los límites?
Los límites son aquellas reglas, normas y estructuras claras en donde se define qué comportamientos son esperados y aceptados, y cuáles no; estos funcionan como una guía para brindar seguridad, confianza y anticipación en el desarrollo socioemocional y físico de nuestros hijos. Asimismo, es importante mencionar que los límites no son un castigo, sino una manera de enseñar autocontrol, seguridad y respeto hacia ellos mismos y hacia los demás.
A través de los límites, los niños desarrollan estructura y seguridad, ya que les enseñamos a manejar emociones incómodas como la frustración, el enojo o el aburrimiento, las cuales son cruciales para la madurez emocional.
Tomando en cuenta esto, es importante hablar sobre los errores más comunes al establecer límites:
- No saber qué límite quiero o debo poner por miedo a dañar o invalidar el estado emocional de mi hijo.
- No explicar el límite a mi hijo, por obviar las normas sociales, sin embargo, como adultos, nunca debemos perder de vista que nuestros hijos están aprendiendo todo sobre el mundo en el que viven.
- No ponerse de acuerdo como pareja o en familia; por lo general, uno marca el límite y el otro lo rompe, minimizando la autoridad del otro.
- Ser incongruente con los límites, es decir, hoy sí lo respeto, pero mañana no. Esto no solo no ayuda, sino que confunde a los niños y, cuando queramos volver a establecerlos, será complicado, ya que no hay claridad.
Algunos de los mitos sobre los límites son creer que pueden “traumar” al niño, que implican ser autoritario o alzar la voz, o que el niño dejará de quererme si los establezco; también existe la idea de que restringen la libertad/creatividad. Por ello, es fundamental recordar que las consecuencias deben ser proporcionales al acto cometido y a la edad madurativa del menor.
En este último punto, es importante dejar en claro que los niños pueden elegir ciertas cosas, siempre y cuando no rompan reglas, por ejemplo, qué ropa usar, cómo peinarse o expresar lo que sienten de manera asertiva. Estos ejemplos también representan, para nosotros como adultos, un ejercicio para aprender a soltarlos, acompañarlos y permitirles tomar decisiones.
Una de las consecuencias de no establecer límites a tiempo es generar desorientación, inseguridad y baja tolerancia a la frustración, lo que, a largo plazo, puede derivar en niños caprichosos, berrinchudos y con dificultad para aceptar y seguir normas sociales y escolares.
Como papás, tenemos un gran trabajo por delante en la educación de nuestros hijos, ya que ellos son el reflejo de lo que viven, escuchan y ven en casa.
Depende de nosotros cómo queremos que nuestros hijos nos traten y traten a los demás.
Porque, al final, poner límites no es limitar, es guiar, es enseñarles hasta dónde sí y hasta dónde no, es darles herramientas para la vida. Un niño que crece con límites claros tiene una mayor seguridad para relacionarse con el mundo y consigo mismo.
// Sofía Lizarde
Departamento de Psicología del CDI






