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El miedo al vacío
Hay algo que me pasa todos los años cuando empiezan las vacaciones. No importa si tengo planes o no, mi cabeza entra en caos.
La rutina me da tranquilidad, seguridad y, aunque suene exagerado, felicidad. Sé qué sigue, qué tengo que hacer y para qué. Cuando todo eso desaparece, mi cabeza se adelanta a llenar el espacio con preocupaciones.
Este año entré a las vacaciones sin planes y con varias semanas por delante, mientras yo tenía que seguir trabajando. El panorama, en mi cabeza, era fatal: ¿qué iban a hacer?, ¿cómo iba a estar pendiente?, ¿qué pasaría si yo no estaba disponible 24/7?
Pensándolo bien, creo que hacemos mucho esto. Nos apresuramos a llenar los espacios de nuestra vida porque nos angustia el vacío. Planeamos, organizamos y anticipamos para sentir que tenemos el control. Como si dejar un espacio sin llenar fuera peligroso.
Y entonces pasó algo que no había planeado.
A pocos días de que terminen las vacaciones, puedo decir que fue un gran verano.
Desaceleré, aunque fuera un poco, una idea que me ha acompañado durante años: que yo lo soy todo para todos.
Descubrí que mi chiquita, que ya no es tan chiquita, es mucho más fuerte y resiliente de lo que creía. Puede resolver, aburrirse, encontrar qué hacer y estar bien, aunque mamá no esté encima de todo.
Y mientras yo dejaba de intentar controlar cada espacio, apareció algo que no había planeado: una conexión entre madre e hija que no habíamos tenido en otros veranos.
Quizá eso es lo que más me enseñó este verano: el vacío no siempre necesita que lo llenemos.
A veces tenemos que tolerar no saber qué va a pasar. Porque cuando dejamos de correr para ocupar cada espacio, aparecen cosas que no podíamos haber planeado: una conversación, una nueva independencia, una solución construida entre todos, un hijo que empieza a hacerse cargo de su propia vida.
También aprendí que ayudar no siempre significa intervenir. A veces significa confiar.
Confiar en que nuestros hijos pueden más de lo que imaginamos. Confiar en que no todo tiene que resolverse inmediatamente. Y confiar en que nosotros tampoco tenemos que tener todas las respuestas.
Me declaro completamente ignorante del arte de criar hijos. Todos los días me pregunto qué hice mal y cómo puedo hacerlo mejor.
Pero este verano entendí algo que quizá vale más que cualquier respuesta: mientras creemos que estamos criando a nuestros hijos, ellos también nos están enseñando a soltar, a confiar y a hacer espacio.
Y a veces, en ese espacio que tanto miedo nos da, aparece algo mucho más bonito de lo que habíamos planeado.
// Alicia Cabasso






