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Cuando el peligro puede esconderse detrás de la confianza
Este artículo es, probablemente, uno de los más difíciles de escribir. No solo por la gravedad del tema, sino porque hablar de abuso sexual infantil significa enfrentarnos a una realidad que, como sociedad, muchas veces preferimos no mirar y pensar que eso “jamás nos pasará”.
Sin embargo, me gustaría contarles que el pasado 11 de agosto de 2026 salió a la luz una noticia dolorosa que nos vuelve a cuestionar y preguntar ¿qué está sucediendo en el mundo?
“Una niña de 11 años fue atendida en Matamoros, Tamaulipas, por un embarazo de aproximadamente cinco meses. Posteriormente, las autoridades informaron sobre la detención de su abusador, el padrastro, con el que la menor convivía todos los días, señalado como presunto responsable de violación equiparada agravada”.
Y son estas las noticias que provocan indignación, tristeza y, en muchas ocasiones, impotencia. Todas las preguntas van hacia un mismo lugar ¿cómo nadie se dio cuenta?, ¿cómo pudo suceder?, ¿cómo una niña estuvo expuesta a una situación así? Pero lo que más mortifica es ¿cómo pudo ocurrir dentro de un entorno que, en teoría, debía ser su lugar seguro?
Y es justo en este momento, cuando me gustaría invitarlos a hacer una de las preguntas más importantes:
¿Sabemos realmente reconocer cuando una niña, un niño o un adolescente está siendo víctima de abuso?
Por ello, durante los últimos años, las escuelas han realizado un esfuerzo cada vez mayor por incorporar estrategias de prevención, con el fin de enseñar a los alumnos a conocer y nombrar las partes de su cuerpo, a reconocer sus emociones, a identificar los secretos buenos y malos, a poner límites a aquello que les genere incomodidad y a buscar ayuda cuando alguien invade su espacio personal.
Estas son herramientas indispensables; sin embargo, en muchas ocasiones son “insuficientes” porque no podemos olvidar que la responsabilidad de proteger a nuestros niños no puede recaer únicamente en ellos, ya que no podemos pedirles que identifiquen una conducta peligrosa cuando el adulto que la está realizando es precisamente alguien en quien su familia confía.
Y justo por eso, la prevención también implica preparar a los adultos, aprender a observar, saber escuchar, reconocer cambios mínimos en el comportamiento de los niños y conocer las nuevas formas de violencia que existen en los entornos digitales. Y quizá una de las cosas más difíciles es estar preparados para creerle a un niño cuando nos cuenta algo que NO queremos escuchar PORQUE EL AGRESOR CASI NUNCA ES UN DESCONOCIDO.
Un agresor puede ser un familiar, un amigo cercano, una pareja, un entrenador, un profesor, un vecino, una persona encargada del cuidado de tu hijo o cualquier adulto de confianza que tenga acceso a los niños, niñas y adolescentes.
Y precisamente ahí radica una de las mayores dificultades para detectar el abuso: la confianza puede convertirse en el principal mecanismo que utiliza el agresor para acercarse a su víctima.
Y muchas veces existen frases como:
“¿Cómo va a ser posible que tu tío/primo te haga algo así?” “Mi pareja trata muy bien a mi hija”.
“Él siempre ha sido muy cariñoso con los niños”. “Ella conoce a esa persona desde hace años”. “Es imposible, es de toda mi confianza”.
Estas frases aparecen de manera casi automática cuando surge una sospecha o cuando un niño intenta contarnos algo.
Pero debemos detenernos un momento: que una persona sea cercana a nuestra familia no significa que sea incapaz de hacer daño. Que conozcamos a alguien desde hace muchos años no significa que conozcamos todas sus conductas.
Y que una persona sea amable, cariñosa, aparentemente inofensiva o preocupada por los niños tampoco significa que sea incapaz de abusar de ellos.
Aceptar esto resulta profundamente incómodo o doloroso porque significa reconocer que el peligro no siempre tiene el rostro que nos imaginamos.
Por eso, cuando hablamos de prevención del abuso infantil no basta con enseñarles a los niños que existen personas que pueden hacerles daño; también tenemos que enseñar a los adultos responsables de nuestros hijos a reconocer las señales, cuestionar nuestros propios prejuicios y comprender cómo puede desarrollarse una situación de abuso.
Por ello, es importante saber ¿qué entendemos por abuso? Y antes de hablar de grooming, necesitamos comprender qué significa abuso y, particularmente, qué entendemos por abuso sexual infantil.
Es importante destacar que el abuso ocurre cuando una persona utiliza su poder, fuerza, autoridad, manipulación o posición de confianza para dañar, someter o controlar a otra persona.
Un niño no provoca un abuso. No es responsable de detener a un adulto, de haber confiado, ni de comprender o consentir las malas intenciones de las personas.
Ahora bien, ¿qué es el grooming? Es una forma de captación y manipulación de niños, niñas y adolescentes con una finalidad sexual.
El agresor puede comenzar estableciendo contacto y construyendo una relación de confianza. Poco a poco puede identificar los intereses, necesidades emocionales, inseguridades o dificultades familiares de la víctima y utilizar esa información para fortalecer el vínculo y aumentar el control.
En los espacios digitales esto ocurre a través de redes sociales, videojuegos, plataformas de transmisión en vivo y chats en donde los niños interactúan con personas que no conocen.
Y es justo en ese momento cuando encontramos una de las características más preocupantes del grooming: “NO NECESARIAMENTE COMIENZA CON ALGO QUE PARECE PELIGROSO”. Comienza con un “hola”, con temas de videojuegos, con intereses en común, con alguien que escucha y apoya, con alguien que manda regalos virtuales, cumplidos o atención constante. Comienza con esa sensación de haber encontrado a alguien que “sí me entiende”. Y cuando un menor confía, el agresor se convierte en una persona significativa.
Por eso, hablar de grooming únicamente como “un extraño que contacta a niños por internet” resulta insuficiente.
Y el problema no es solamente el contacto.
El problema es el proceso de manipulación que puede construirse alrededor de ese contacto. Quizá nunca podamos imaginar las intenciones y todas las formas en las que alguien puede intentar acercarse a una niña, un niño o un adolescente para hacerle daño. Pero sí podemos decidir qué tipo de adultos queremos ser cuando una infancia deposita su confianza en nosotros.
Podemos ser quienes dudan, quienes justifican, quienes prefieren pensar que “eso no puede pasar aquí” o podemos ser quienes escuchan, creen, protegen y actúan.
Porque prevenir el abuso no significa enseñarles a nuestros hijos a vivir con miedo, sino construir a su alrededor una red de adultos capaces de reconocer cuando algo no está bien y tener el valor de intervenir.
Que un niño se atreva a contarnos algo puede tomarle segundos, pero llegar a ese momento puede haberle tomado meses o incluso años.
Cuando finalmente hable, es importante que encuentre en nosotros un lugar seguro.
Porque creerle no es un acto de ingenuidad. Es el primer acto de amor y protección.
// Sofía Lizarde
Departamento de Psicología CDI





