Detrás del paso de los años (primera parte)
Este artículo ha de ser uno de los más confrontativos, ya que el envejecimiento ha sido, durante muchos años, uno de los temas más controversiales, porque las personas han intentado ganarle al tiempo para evitar el proceso natural que este conlleva.
El proceso evolutivo del ser humano siempre ha implicado cambios físicos, emocionales, psicológicos y sociales, sin embargo, la última etapa del desarrollo que hace referencia a la adultez mayor suele resultar particularmente complicada, ya que vemos cómo nuestro cabello comienza a platinarse, se adelgaza, aparece la menopausia/la andropausia, el cuerpo ya no tiene la misma fuerza, la piel muestra arrugas y otros signos del paso del tiempo. Y es precisamente ahí donde el mercado nos vende la idea de que podemos retrasarlo mediante cirugías, bótox, tintes, dietas, rutinas de skincare y tendencias de moda que prometen hacernos sentir como años atrás.
Detrás de todo ello parece existir una creencia silenciosa: que envejecer significa perder juventud, movimiento, belleza… “vida”. Y es justo en este momento cuando nos gustaría invitarlos a hacer una pausa y realmente reflexionar ¿por qué intentamos detener algo que es natural? ¿Realmente buscamos conservar nuestra apariencia, o en realidad tememos dejar de ser aquello que fuimos en algún momento? Quizá el problema no es la vejez en sí, sino todo lo que hemos aprendido, escuchado e interiorizado sobre ella, ya que desde pequeños hemos escuchado frases como: “estás en la flor de la juventud”, “son los mejores años de tu vida”, “aprovecha mientras eres joven” o “como te ves me vi, y como me veo te verás”; sin darnos cuenta, comenzamos a asociar el valor de una persona con su edad, su apariencia o su capacidad para ser “funcional”.
Y es ahí cuando pareciera comenzar una carrera contra el tiempo, una lucha silenciosa por conservar aquello que creemos que nos hace valiosos. Pero la realidad es que nadie llega a viejo de un día para otro. El envejecimiento comienza desde el momento en que nacemos; cada cumpleaños celebrado, cada fotografía guardada y cada experiencia vivida forman parte del mismo proceso, sin embargo, solemos celebrar el crecimiento durante la infancia y la adolescencia, mientras rechazamos los cambios que aparecen en la adultez.
Y ahí radica algo curioso, aplaudimos el paso del tiempo cuando nos acerca a quienes “deseamos” ser, pero lo rechazamos cuando nos recuerda que somos seres mortales.
Es entonces cuando la vejez nos resulta tan confrontativa. No solamente por la aparición de canas o arrugas, sino porque nos obliga a reconocer una verdad que muchas veces preferimos olvidar… el tiempo pasa igual para todos. Y a pesar de todo lo que esto conlleva y de lo incómodo que puede parecer, también existe algo profundamente valioso.
El envejecimiento no solamente deja marcas en el cuerpo, sino también aprendizajes, historias, vínculos y errores que se transforman en experiencias y sabiduría, sin embargo, sería poco realista hablar de esta etapa únicamente desde una perspectiva positiva, porque todo esto implica muchas pérdidas. Con el paso de los años comenzamos a despedir a familiares, amigos y personas significativas que formaron parte de nuestra historia, y estas son ausencias, que transforman nuestra manera de vivir el presente y que nos recuerdan que el paso del tiempo deja experiencias, pero también despedidas.
Cada año, cada cana y cada arruga representan algo que ninguna cirugía, tratamiento o producto puede ofrecer, la oportunidad de haber construido y vivido una vida propia, una vida con todos sus matices.
Actualmente vivimos en una época donde constantemente se nos invita a aparentar; se nos enseña a disimular nuestra edad, nuestras señales de cansancio y a perseguir una versión idealizada de nosotros mismos. Pero pocas veces se nos enseña a aceptar y abrazar los cambios con naturalidad, por lo que pareciera que hemos normalizado más el miedo a envejecer que el privilegio de llegar a hacerlo.
Y sí, es un PRIVILEGIO hacerlo, porque no todas las personas tienen la oportunidad de llegar a la adultez mayor. Algunas vidas terminan demasiado pronto y sus historias quedan inconclusas, y resulta paradójico que aquello que muchos temen sea precisamente algo que otros nunca pudieron alcanzar.
// Sofía Lizarde
Departamento de Psicología







