La que da flojera
La revelación llegó el viernes por la tarde, mientras contábamos anécdotas familiares. Ese día, bajando del coche, mientras hablábamos de mis hermanos, caí en cuenta de algo que, aunque parece bastante obvio, yo no había querido mirar: estar enojada con todos mis hermanos no me hacía verme importante ante mis hijos, me hacía la persona inadecuada que daba mil flojera. Y no importa por qué. Porque la realidad nada tenía que ver.
No importa todo lo que yo pueda pensar, lo que haya pasado o las razones que tenga para estar enojada. Mientras yo sigo enojada con el mundo, mis seres queridos me excluyen más.
Y mi enojo no cambia absolutamente nada.
Ahí estábamos mis dos hijos y yo, descubriendo que quizá mi papel de enojada en la familia ya era obsoleto. Que la única persona a la que realmente le molestaba era a mí. Y entonces apareció la pregunta que sigo teniendo: ¿para qué sirve el enojo? O, más incómodo todavía: ¿para qué me ha servido a mí?
No tengo una respuesta.
Solo sé que me molesta ser la enojona de la familia. Y quizá darme cuenta de eso sea el principio para dejar de ocupar un lugar que llevo tantos años habitando y que ya ni siquiera sé si alguien me lo pidió.
A veces pienso que el enojo tiene una función muy particular: nos hace sentir que estamos haciendo algo cuando en realidad no estamos haciendo nada. Nos mantiene ocupados. Nos da argumentos. Nos permite tener la razón, aunque tener la razón no necesariamente arregle nada.
Y mientras más enojados estamos, más convencidos estamos de que deberíamos seguir enojados. Pero eso puede cambiar, puede ser diferente. No en no enojarse, sino en no convertir el enojo en una identidad. Porque una cosa es estar enojada y otra muy distinta es ser la que siempre está enojada.
Y quizá yo ya estaba cansada de ser esa. En vez de eso, decido buscar alternativas y tomar el toro por los cuernos y eso tiene que ver con aceptar a la gente con lo que puede dar y con lo que no puede dar. Sin convertir cada carencia en una ofensa personal.
Sin pensar que, si alguien no me da lo que yo esperaba, necesariamente significa que no me quiere, que no me valora o que no le importo. Tal vez simplemente no puede.
Cada persona da lo que tiene. Cada persona da lo que puede. Y esperar que los demás tengan exactamente lo que nosotros necesitamos es una manera bastante eficiente de vivir decepcionados.
Todos tenemos fallas y, en mi caso, por enojarme he sacado a la gente que necesito en mi vida. No porque sean perfectos. Precisamente porque no lo son.
Y quizá crecer también sea dejar de exigir que los demás se comporten de la manera que nos permitiría estar tranquilos.
Quizá el enojo no era una forma de poner límites, sino que era una forma de seguir ocupando un lugar. El de la que tiene algo que reclamar. El de la que tiene razones. El de la que está enojada. El de la que, francamente, ya da un poco de hueva.
Y quizá ha llegado el momento de probar qué pasa cuando dejo ese lugar vacío.
// Alicia Cabasso







