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¿Abuso?
Hoy en día parece ser cada vez más común escuchar sobre “abuso”, pero el hecho de que lo escuchemos con más frecuencia no quiere decir que comprendamos del todo lo que este abarca. Es verdad, muchas veces da miedo hablar sobre el abuso… da miedo admitir que, lamentablemente, todos podríamos ser víctimas de este o que incluso podríamos ejercer algún tipo de violencia sin ser del todo conscientes.
En otros artículos hemos hablado de la importancia de los límites. Hemos mencionado que muchas veces los asociamos con algo negativo, con algo que se puede vivir como “traumático” para el niño. Sin embargo, esta narrativa a su vez, lleva a que, al no saber poner límites como adultos, difícilmente les enseñemos a nuestros hijos a marcarlos.
Ejemplos muy claros son frases como: “¿Por qué no me dejas verte desnudo si yo te di la vida?” o “Ándale, dale un beso a tu abuelito”, porque parece que no saludar de beso automáticamente te convierte en alguien “maleducado”, cuando existen muchas otras maneras de saludar.
Claro que estos ejemplos, por sí solos, no quieren decir que haya habido abuso en casa, pero estas dinámicas sí son violentas porque se nulifica el poder que tiene la palabra; es decir, se nos enseña que ese “no” realmente no tiene importancia.
Entonces, si desde pequeños presentamos una dificultad importante para que nuestros límites sean escuchados, obviamente, de grandes se vuelve mucho más complejo siquiera reconocer y comunicar esas situaciones en las que nos sentimos inseguros. Y, por no querer incomodar al otro o por pensar que estamos “exagerando”, preferimos omitir aquello que sentimos.
Asimismo, el contexto juega un papel importante, puesto que estamos inmersos en una cultura donde la calidez y la extroversión son vistas como cualidades positivas. Esto nos lleva a estar en una búsqueda constante por agradar a los demás, haciendo aún más complicado negarnos a algo. ¿Cuántas veces no hemos recibido un comentario que nos hizo sentir incómodos y, en lugar de expresarlo, simplemente sonreímos y dimos las gracias?
Cuando pensamos en abuso, sí es importante aterrizarlo al entorno porque, desafortunadamente, se sabe que 8 de cada 10 abusadores son familiares o personas cercanas a la víctima.
Pero si comenzamos a educar a nuestros niños sobre sus propios límites y, como adultos, aprendemos a respetarlos, podemos prevenir muchas de estas situaciones.
No se trata de infundir miedo, sino de brindar educación sexual y, sobre todo, de enseñarles a escucharse a sí mismos y entender que, si algo no se siente bien, es porque seguramente no está bien.
El segundo órgano con más conexiones neuronales es el intestino; por eso se dice que es nuestro segundo cerebro, uno más intuitivo, ya que ambos están altamente conectados.
Alguna vez escuché el caso de una posible víctima de un asesino serial que, mientras caminaba hacia el estacionamiento, sintió una sensación rara en el estómago que la hizo no ir a su coche con él.
Situaciones como esta nos invitan a reflexionar sobre la importancia de aprender a escuchar nuestro “gut feeling” y prestar atención a aquello que nuestro cuerpo trata de comunicarnos.
El abuso es algo que escuchamos constantemente; sin embargo, este término suele generar confusión, por lo cual es importante aclarar que el abuso sexual y la violación NO son lo mismo.
A grandes rasgos, la violación implica un acto de penetración sin el consentimiento de la persona, mientras que el abuso sexual puede ir mucho más allá del contacto físico. Diferenciarlos no hace que uno sea “peor” que el otro. Ambos colocan en una posición sumamente vulnerable y de sufrimiento a quien lo vive.
Entonces, a pesar de que todos estamos expuestos, me parece que la prevención no empieza enseñándonos a desconfiar de los demás, sino a confiar en nosotros mismos. Empieza por aprender a identificar el abuso y nombrarlo como lo que es. O, más bien, por dejar de preguntarnos dos veces si lo que estamos presenciando es abuso. Y es que aprender a confiar en nosotros también depende de la manera en la que nuestros límites fueron escuchados o ignorados en la infancia. Porque cuando entendemos que un “no” merece ser respetado, también nos resulta más fácil reconocer cuándo nosotros podríamos estar cruzando los límites del otro.
//Ruthy Penhos






