El ser humano, desde que nace, tiene derechos inherentes a su condición de ser que le brindan dignidad y libertad.

El ser humano, desde que nace, tiene derechos inherentes a su condición de ser que le brindan dignidad y libertad. En 1948, la Asamblea General de la ONU firmó la Declaración Universal de Derechos Humanos como idea común de garantizar y procurar los derechos del hombre por un mundo de justicia y paz.

En el artículo 27 de dicha Carta Magna, se especifica que toda persona tiene derecho a participar en el progreso científico y en el beneficio que de él resulten. Por tanto, el acceso a la ciencia y a sus aplicaciones es un Derecho Universal.

En estos días, Lidia Brito, directora de Ciencia de la Oficina Regional de la UNESCO para América Latina y el Caribe ahondó en este tema explicando que el derecho a la ciencia es un derecho ‘habilitador’. Es decir, que cuando una persona logra hacer suyo, no solo el conocimiento sino también el pensamiento lógico y crítico fundamentales del quehacer científico, podrá exigir, disfrutar y garantizar; para sí mismo y su comunidad, otros derechos universales que quizás de otro modo serían difíciles de buscar y apropiar.

Como ciudadanos del mundo, y en todos los ámbitos sociales organizados como la familia, las instituciones y los países, así como tenemos derechos también tenemos obligaciones. Para ello recordaré un concepto judío y uno católico. ¿Cuáles son nuestras obligaciones como ser humano?

Según la tradición judía, nuestra misión en este mundo se resume en el concepto de ‘Tikun Olam’ (reparación del mundo); esta idea viene de un cuento místico en donde cada ser humano debe recoger un fragmento de ‘luz perdida’ para entre todos recuperarla y restaurar el mundo. Es una misión cósmica que va más allá y habla de la obligación individual para un bien colectivo.

Por otro lado, en la Carta Encíclica, ‘Laudato Si’, del Santo Padre, el Papa Francisco emitida en 2015, el líder religioso enumera las peticiones de sus antecesores y reconoce el poder del hombre con el objetivo de lograr unir a la humanidad por una misma preocupación: cuidar la ‘Casa Común’. Este concepto tan poderoso de llamar a la Tierra, la Casa Común, nos obliga a reflexionar sobre nuestro quehacer cotidiano en el ambiente ‘doméstico’ del que somos parte y hace un claro llamado al compromiso de la convivencia fraternal y a la responsabilidad colectiva por el entorno que nos protege.

Evidentemente el llamado a cuidar la madre tierra, que supera en longevidad al ser humano como especie y ha permitido el desarrollo de la vida como la conocemos, es una obligación obvia y redundante para quienes no se identifiquen con las ideas espirituales antes descritas. Así que continuaré bajo la premisa que todos y cada uno sentimos (o debiéramos sentir) una obligación inherente por el entorno que nos alberga.

Sin embargo, muchas veces somos testigos de acciones que atentan contra los derechos y obligaciones fundamentales del hombre: contra los valores que debieran honrar y representar. En este contexto resalto como ejemplo la decisión tan desafortunada de esta semana del presidente estadunidense que sacó a su país de los acuerdos de París para el Cambio Climático.

Ante este hecho, no queda más que pensar que deben existir razones importantísimas, más supremas y primordiales, que justifican la indiferencia ante la evidencia científica y destrozan la aspiración de ‘Tikun Olam’ en la ‘Casa Común’.

Quizás el no gozar de nuestros derechos universales hace que ignoremos nuestras obligaciones como seres humanos. Esta misión colectiva se reduce entonces a un llamado individual donde las acciones de cada uno de nosotros deberemos alcanzar resultados exponenciales.

Como los mosqueteros: “todos para uno y uno para todos”.

//Carol Perelman Khodari

 

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