
// Saskia Levy
Un jueves en Jerusalem, cuando se prepara la tarde a relajarse previa al Shabat, bajaré por la calle empedrada de Ben Yehuda y no habrá espacio en el empedrado en que no me toparé con Or, el gato.
Or el gato resplandece desde el fondo de un par de ojos amarillos y no deja de mirarme. Nunca me sigue más que con la mirada. Pero el día de hoy me sigue con sus pasos.
Después de Or hay otro y otro y otro gato trapense. Mixtura de seda y de ceniza. Rodeada de gatos por la parte inferior del cuerpo, girando como una falda amplia.
Notaré entonces que no sólo las lágrimas me acompañan.
En este día en que el Kotel, Mercaz, Shuk y la calle Yaffo se me despiden, el canto de los pájaros que habitan en garganta de los gatos me mecen y hacen de mi último día en Jerusalem una alabanza.
Lo sé, Or, es un último día antes del Shabat para mí.
Or el gato mágico lo sabe y murmura un mmmrrr en su lenguaje plagado de sal y arena que suena a “lehitraot”. Los demás gatos hacen del tono un coro
No supe cómo, pero pude verme desde arriba, desde un tejado, desde un árbol, desde un cielo abierto, despidiéndome de ella, de la ciudad de oro, la ciudad más bella de la tierra. La ciudad de los gatos.
Y por fin voy traduciendo los trozos de nubes que me alcanzan a decir: Volveremos a vernos.
