Más alla del principio del placer

Hay etapas de la vida que uno espera con ilusión. Otras llegan sin avisar. Nadie me preparó para la adolescencia de mis hijos. No por ellos, sino por mí.

Durante casi veinte años la maternidad ocupó el centro de mi vida. Había horarios, tareas, conversaciones, preocupaciones y una sensación permanente de ser necesaria. Un día, casi sin darme cuenta, esas dos personitas que dependían de mí para todo empezaron a necesitarme cada vez menos. Como debía ser.

Y, sin embargo, dolió.

Se habla mucho de la adolescencia. Hay libros, conferencias y consejos para entender a los hijos. Pero muy pocos hablan del duelo silencioso de los padres. Del vacío que surge cuando criar personas independientes implica aceptar que ya no ocupamos el mismo lugar en sus vidas.

Durante años aprendí a ser mamá a fuerza de equivocarme. Entendí cosas que ojalá hubiera sabido antes. Hay días en que quisiera volver a empezar, no para hacerlo perfecto, sino para hacerlo distinto. Pero la maternidad tiene una particularidad cruel: cuando por fin sientes que entendiste algo importante, las personas con las que quisieras ponerlo en práctica ya siguieron adelante. Ellos están ocupados construyendo su propia vida, y ahora me toca construir la mía.

Fue en medio de todo eso cuando llegó a mis manos Más allá del principio del placer, de Freud.

No me interesa discutir a Freud. Eso se lo dejo a quienes lo conocen mucho mejor que yo. Su obra sigue siendo tan influyente como polémica. Yo siempre tuve la necesidad de traerlo a la actualidad.

Freud se preguntó por qué el ser humano vuelve, una y otra vez, a experiencias dolorosas que parecerían contradecir el principio del placer. Llamó a ese fenómeno compulsión a la repetición. No sé si mi historia cabe exactamente dentro de esa idea. Tampoco pretendo usar mi vida para confirmar una teoría. Pero su pregunta me alcanzó.

¿Por qué hay experiencias que, aun cuando creemos superadas, encuentran la manera de volver?

Comprendí que lo que me dolía no era únicamente que mis hijos estuvieran creciendo. Lo que me desconcertó fue descubrir que, al dejar de ocupar el lugar que había tenido durante tantos años, me encontré con una soledad que creía resuelta.

No la soledad de estar sola. Esa nunca me ha asustado. Hablo de esa otra, la que busca compañía, propósito y un lugar desde donde construir el día. La que pensé que había dejado atrás hace muchos años y que, de pronto, volvió a tocar la puerta.

Mis hijos no son yo. Sus prioridades no tienen por qué parecerse a las mías. Ellos tendrán que resolver sus propios desafíos, igual que yo estoy aprendiendo a resolver los míos.

Entender que no puedo vivir mi aprendizaje a través de ellos ha sido una de las lecciones más difíciles de la maternidad.

Porque llega un momento en que educar deja de consistir en enseñarles a ellos y empieza a consistir en reinventarse uno mismo.

Quizá ese fue el verdadero regalo de esta lectura. No una respuesta, sino una pregunta. No la certeza de que Freud explicara mi vida, sino la sospecha de que algunas experiencias nunca desaparecen del todo. Permanecen en silencio hasta que la vida encuentra una nueva forma de ponerlas frente a nosotros.

Tal vez crecer no consiste en no volver nunca a esos lugares. Tal vez consiste en regresar siendo una persona distinta.

// Alicia Cabasso