¿Tienes ganas de escribir? ¿Te interesa contar tu historia?

¿Siempre has deseado escribir y no sabes cómo empezar?

La escritura es una herramienta poderosa que libera la creatividad, la alegría y el autoconocimiento. Atrévete a escribir y a acércate al maravilloso arte de la ficción a través de este taller. No te vas a arrepentir.

Las sesiones semanales son por Zoom y serán cada jueves, a las 17:00 horas, con una duración es de una hora y comenzamos del 21 de abril a finales de julio, acércate al Comité de Actividades, en donde podrás recibir más informes.

Te comparto un poco de material, de lo que una participante de este taller escribió durante el curso anterior.

 

Yerushá tomo III

Sanando el ayer, de Sina Alder

I

Tengo 49 años, es de noche, me pongo mi pijama, a medianoche no puedo dormir, las cortinas cafés no están completamente cerradas, me revuelco de un lado a otro entre las sábanas, no estoy contenta con mi vida. Me levanto, voy al espejo grande de mi cuarto, al verme noto que ya hay arrugas alrededor de mis ojos, la edad se nota, me vuelvo a mi cama, a tratar de dormir, aunque sea unas horas, por fin me vence el cansancio y caigo dormida.

Al día siguiente me levanto a desayunar con mi marido e hijos, es hora de llamar a mi madre. Hablé con ella para saludarla a pesar de nuestra poca relación. Como cada semana le llamo por teléfono, pero esta vez es diferente, me dice: “No quiero volver a hablar contigo”, cuelga. Creo no haber escuchado bien. Vuelvo a llamar diciendo: “¿No entendiste? No quiero volver a hablar contigo”, cuelga nuevamente.

Es hora de ir a verla, confrontarla, saber cuál es el problema, tengo muchas cosas que hacer, pero esto es una prioridad, así es que me apresuro, me pongo unos jeans y una playera, me ce­pillo los dientes, me acomodo el pelo, salgo a verla, me subo al coche, trato de arrancarlo, había dejado las luces prendidas toda la noche, se le ha bajado la batería. En ese momento mi marido salía para irse a trabajar, al verme en problemas saca los cables del coche y le pasa corriente a mi coche. No estoy muy tranquila, pero ya estoy en camino a su casa, no vive muy lejos, mi cabeza da vueltas durante el camino de unos veinte minutos. He llegado, estoy frente al edificio, no hay donde estacionarse, veo cómo una persona sale del edificio se acerca a su vehículo y desocupa el lugar. Encuentro a alguien conocido que va saliendo del edificio, lo saludo, veo que las puertas del elevador se abren, rápido, apresurándome entro y aprieto el botón al piso dos. ¡Ups! Se va la luz, ni modo tendré que subir por las escaleras, lo bueno es que solo son dos pisos, lo haré lentamente, aun así, ya me cansé y apenas voy por el primer piso, está obscuro, llego algo agitada y también llega la luz (se hizo la luz). Toco el timbre, me abre la puerta Marta, al verme mi madre trata de cerrar la puerta, empujo, ella, empuja, ella se resbala, se golpea la cabeza, entro la veo tirada en el piso en un charco de sangre, sin sentido, trato de parar el sangrado apretando fuertemente la herida, empiezo a gritar. ¡Llamen a una ambulancia!

Se abre la puerta del vecino y al ver lo que pasa, llama pidiendo una ambulancia, entra por unas toallas las trae para ponerle una bajo la cabeza, otra para apretar la herida. Estoy angustia­da porque no llega la ambulancia, tarda mucho, pero solo han pasado un par de minutos, lo que parece una eternidad, ya no sé qué hacer. El vecino recuerda que hay un doctor en el edificio va a llamarlo, pero desgraciadamente ese día salió más temprano que de costumbre pues tuvo una emergencia.

II

A lo lejos se oye una ambulancia, seguramente viene para acá, pero ya no la escucho. ¿Qué pasa? Sí, ya llegaron, suben las escaleras aceleradamente en medio de la oscuridad, pues otra vez se ha ido la luz, viene un hombre con pantalón negro y una camisa blanca con una especie de chaleco encima cargando lo que parece un maletín, se acerca a mi madre, no alcanzo a ver bien lo que hace, solo parece que le está presionando el pecho contando uno, dos, tres, varias veces. Ha llegado una mujer con una especie de tabla en la mano, también con un atuendo parecido, es otra paramédico, nos pide que nos alejemos, se acerca a mi madre que empieza a reaccionar, le dice: “No cierre los ojos, quiero que me vea, diga su nombre”. Yo a lo lejos le grito al oírla preguntarle. “¡Marta!” Pero la paramédico parece no escucharme o lo que quiere ella es escuchar a mi madre.

Se escuchan otras sirenas, es una patrulla de policía con dos uniformados. Suben, yo, nerviosamente, les doy una rápida explicación, la vecina también cuenta su versión, ellos toman nota. Afuera se oye mucho ruido pues se empieza a juntar la gente, pero ¿de dónde llega? Hay mirones, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hay quien salió en pijama con tal de ver qué pasaba.

Aparentemente ya ha reaccionado, más o menos, entonces le ponen algo alrededor del cuello, la toma él de los pies y ella de la parte de arriba cuidadosamente la ponen en la camilla, uno toma la camilla de un lado y ella del otro, bajan por las escaleras la suben a la ambulancia, les pido que me dejen ir con ella. Me trepo, pero apenas y hay lugar para mí, me señalan un espacio donde puedo quedarme y no estorbar, alcanzo a ver un tanque de oxígeno, una caja que parece un botiquín hubiera pensado que una ambulancia estaba más equipada, el espacio es muy justo. De pronto mi madre habla diciendo que tiene frío, le ponen una cobija, aparentemente está estable.

La paramédica me pide que cuando lleguemos los deje bajar y yo entre, me siente a esperar hasta que salgan a avisarme cómo está ella. Hemos llegado al hospital a la zona de urgencias, parecía que habían pasado un par de minutos desde que me subí a la ambulancia. No puedo estar sentada me paro, camino de un lado a otro como león enjaulado, una señora llora, otro señor está recostado en un sillón desteñido dizque leyendo el periódico, pero se le nota la pre­ocupación. Entra un hombre joven pidiendo ayuda pues trae a su esposa que está a punto de tener un bebé, se le ha roto la fuente y tiene contracciones, una persona vestida de blanco sale en su ayuda con una silla ruedas. Entonces llega una patrulla con dos policías.

¿Quieres saber que sigue en esta historia? Te invitamos a pedir los tomos digitales en el Comité de Actividades. Y te invitamos a inscribirte, te sorprenderás lo que la escritura logra hacer con contigo.

//Daiset Sarquis 

 

 

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