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Todo comenzó un sábado
Si pudiera sentarme con la Orly de primero de primaria que entró a Macabi por primera vez, le diría algo muy sencillo: ve, disfrútalo, porque hoy sé algo que ella todavía no puede imaginar. No sabe que ese grupo de personas que gritan para poder entrar a comer va a convertirse en su lugar seguro. Que sus mejores amigos son esa bola de niños coleccionando pepitas de los árboles de Plaza Macabi. Que pasar cinco años seguidos quedando en segundo lugar en el Jodesh va a enseñarle perseverancia y va a hacer florecer su creatividad. Que esos adultos –que en realidad apenas tienen 17 años– van a convertirse en ejemplos a seguir dentro y fuera del movimiento. Tampoco sabe que algún día tendrá el honor de estar del otro lado: dando peulot, organizando campamentos, resolviendo problemas y tomando decisiones importantes. Porque Macabi no es simplemente un movimiento juvenil, es un espacio para crecer, aprender, construir identidad y formar amistades que perduran mucho después de haber terminado la última peulá.
Le diría que durante sus años de janijá va a aprender a pertenecer, a ser parte de algo mucho más grande que ella. Que, si todas se ponen de acuerdo y hacen coperacha, van a poder comprarse unas papotas de Chilim Balam en el tiempo libre. Que el frío de T-Poz se alivia cantando alrededor de una fogata. Que las carcajadas en el baño de un balneario porque se cayó el campamento por la lluvia son únicas. Que nada parece tan grave cuando se tiene buena compañía y que lo mejor todavía está por venir.
Le hablaría de Seminario, ese año limbo en el que ya no será janijá, pero todavía tampoco será madrijá. El año en el que tendrá que pararse por primera vez frente a un grupo de chamacos, en el que va a equivocarse más de una vez, pero descubrirá que los errores no son el final del camino, sino parte de él. El año en el que empezará a entender que hacer comunidad significa mucho más que compartir un espacio; significa construir vínculos que terminan convirtiéndose en familia.
Le contaría que se convertirá en madrijá gracias al ejemplo de todos aquellos madrijim que le abrieron el camino antes. Que las cosas no siempre saldrán como las planeó y que aprenderá a adaptarse, improvisar y volver a intentarlo. Que una pandemia obligará al movimiento a transformarse y que ella tendrá la oportunidad de ser parte de ese cambio. Que la imaginación puede llegar mucho más lejos de lo que cree. Que las dudas, el miedo y la incertidumbre pesan menos cuando se comparten y se combaten con lluvias de ideas locas. Y que ser líder no es algo que se aprende de un día para otro, sino algo en lo que uno se transforma con el tiempo. Le adelantaría un poco de lo que va a vivir en la Hajshará. Un año en el que crecerá exponencialmente, en el que la fiesta y la disciplina convivirán todos los días. En el que va a encontrar un hogar lejos de casa, rodeada de gente de toda Latinoamérica, cuestionándose si todos están hablando el mismo español.
No le diría que su tiempo en Macabi terminará antes de lo que imaginaba. Que dejará el movimiento en las manos expertas de amigos con quienes creció y que, años más tarde, también lo verá continuar en las manos de su propio hermano. Pero sí le diría que no tenga prisa, que disfrute cada sábado porque algún día va a mirar hacia atrás y sonreír de oreja a oreja al recordar todo lo vivido. Y porque entonces entenderá que Macabi no fue solamente una etapa de su vida. Fue uno de los lugares donde aprendió a convertirse en la persona que es hoy.
// Orly PÉrez Frid
Ex-bogueret 2009-2022






