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Voy a volver
“Voy a volver”. Fue lo último que Eli Sharabi alcanzó a gritarles a sus hijas la mañana del 7 de octubre de 2023, mientras los terroristas de Hamás lo sacaban de su casa en el kibutz Be’eri con los ojos vendados. Minutos antes, él y su esposa Lianne se habían arrojado sobre Noiya y Yahel, de 16 y 13 años, suplicando a gritos que se detuvieran. Cuando se llevaron a las tres a la cocina, Eli alcanzó a decirle a Lianne que no tuviera miedo. Fue la última vez que las vio.
Luego, durante 491 días se aferró a esa promesa. Lo tuvieron casi siempre bajo tierra, encadenado, hambriento, golpeado, y en todo ese tiempo vio la luz del día tres veces. Sus captores le decían que Lianne y las niñas aparecían en las manifestaciones que exigían su liberación, y él convirtió esa imagen en la razón para despertar cada mañana. Cada día que sobrevivía en el túnel era un día menos para volver a entrar a su cocina de Be’eri y abrazarlas.
El 8 de febrero de 2025, Hamás lo exhibió en un escenario, rodeado de hombres armados, pesando 44 kilos. Del otro lado lo recibieron, y lo primero que pidió fue que le trajeran a su esposa y a sus hijas. Le respondieron que su madre y su hermana se lo dirían. En ese segundo entendió que la promesa que lo había mantenido vivo durante un año y cuatro meses se había quedado sin destinatarias. Las habían asesinado el primer día, en la misma casa de la que él salió gritándoles que volvería. Tres días antes, sus captores ya le habían mostrado una fotografía de su hermano Yossi, asesinado también en cautiverio.
Eli cumplió su palabra. Volvió. Volvió con el cuerpo en los huesos y el alma entera, y no había nadie en la puerta para recibirlo. Ocho meses después, escribí un artículo sobre la espera. Cuando lo escribí, llevaba un diskit, la placa militar de identificación de los soldados de Israel, pegado a la piel, y le pedía a D-os el día de quitármelo, el día en que todos estuvieran en casa. Escribía sobre madres que aguardaban una llamada, y pensaba en el regreso como el final feliz de una pesadilla. Hoy sé que, para algunos, volver significó llegar a una casa donde el silencio ocupa el lugar de las voces que se amaron durante años.
La llamada llegó para muchos pocos días después de aquel texto. El 13 de octubre de 2025 salieron de Gaza los últimos 20 rehenes vivos, y Einav Zangauker, la madre que durante dos años no se movió de la Plaza de los Rehenes, abrazó a su hijo Matan después de 738 días y solo pudo repetir una palabra doble: mi vida, mi vida. Entre los que volvieron ese día estaba Alon Ohel, el muchacho con quien Eli compartió la mayor parte de su cautiverio.
Para otros, la llamada tardó más. En diciembre, cuando ya solo faltaba su hermano, Shira Gvili contó que miraba a las demás familias y veía en sus ojos un alivio que a la suya le seguía negado. Esa misma temporada, en la última noche de Janucá, cientos de personas encendieron la octava vela en la plaza sosteniendo carteles con el rostro de Ran. Ran ya estaba herido el 7 de octubre y, aun así, salió a defender a sus vecinos de Alumim. Murió peleando. Su cuerpo regresó el 26 de enero de 2026, identificado por sus dientes después de que el ejército exhumara decenas de tumbas en un cementerio del norte de Gaza. Su madre, Talik, escribió que su hijo había sido el primero en salir y el último en volver. Ese día, el presidente Isaac Herzog anunció que, por primera vez desde 2014, ningún ciudadano israelí seguía cautivo en Gaza.
Hoy, 7 de octubre de 2026, Eli Sharabi conduce la ceremonia nacional que las familias del 7 de octubre levantan cada año en el parque Yarkon de Tel Aviv, con dinero que el público dona de su bolsillo. Explicó que acepta hacerlo para cumplir lo que prometió a Lianne, a Noiya, a Yahel y a Yossi: que ni ellos ni lo que les hicieron serán olvidados jamás. Ahí está todo. Eli hizo dos promesas en su vida que valen esta columna. La primera la gritó desde la puerta de su casa, y la cumplió con un cuerpo de 44 kilos ante una cocina vacía. La segunda la hizo frente a tres tumbas, y esta noche la cumple de pie, con un micrófono en la mano, delante de un país entero. El hombre al que esperamos durante 491 días es hoy quien sostiene la memoria de todos nosotros.
Esa inversión me obliga. El deber de esperar concluyó el 26 de enero, con el regreso de Ran, y abrió paso al deber de sostener a quienes volvieron. En diciembre de 2024, Hamás difundió una carta atribuida a Matan Zangauker en la que se leía que la oscuridad da miedo y que morían mil veces al día. Quien murió mil veces al día durante dos años regresa con heridas que ninguna liberación cierra por decreto. Regresa con pesadillas, con un cuerpo que debe aprender de nuevo a comer, con una madre que llora cada vez que él sale de casa. Detrás vienen los padres que, tras dos años de marchas, recibieron un ataúd, y los soldados que cargan para siempre la ausencia del compañero que caminaba a su lado. Por lo anterior, este 7 de octubre me pregunto qué significa sostener desde México, a casi 13 mil kilómetros de Be’eri. Uno a uno, los carteles con los rostros de los secuestrados fueron bajando de las paredes donde los pegamos, y cada cartel retirado correspondía a alguien que regresó, vivo o en brazos de los suyos. Lo que queda es la obligación de saber quiénes son ellos ahora: leer lo que escriben, escuchar lo que cuentan, pronunciar sus nombres cuando el mundo ya cambió de tema. Sé también que en Gaza hay casas vacías y que ese dolor tiene rostros. La puerta de esta tragedia, con todo, la abrió Hamás aquel sábado de Simjat Torá, cuando entró a una cocina de Be’eri.
Vuelvo, al final, a la placa. Un diskit existe para nombrar a quien lo porta cuando ya no puede decir su nombre, de modo que alguien lo lleve de regreso a casa. Durante dos años la llevé sobre la piel para recordar a los que estaban lejos. Un año después de que volvieran, entiendo lo que significa el deseo de quitármelo; los nombres que colgaban del cuello pasan ahora a las manos, y con ellas nos toca cumplir la promesa que Eli hizo frente a tres tumbas, para que Lianne, Noiya y Yahel sigan teniendo, en cada rincón del Pueblo judío, una casa donde alguien las espera… aunque no volverán. Que su recuerdo, al igual que lo fueron sus vidas, sea una bendición. Am Israel Jai.
//Mtro. Ilan Eichner






