
Todos sabemos que cuando los judíos volvieron a dedicar el Templo
sólo encontraron suficiente aceite para que la menorá ardiera durante un día, pero milagrosamente permaneció encendida ocho días. ¿Por qué eso es tan importante como para merecer una festividad?
La verdadera razón de la festividad de Janucá no es que nos ahorramos una semana de aceite, sino que Dios nos volvió a recordar el primer mensaje que compartió con Moshé en la zarza ardiente.
Moshé estaba cuidando su rebaño cuando de repente vio un arbusto encendido. Lo extraño era que desafiando las leyes naturales el arbusto no se consumía. En ese momento, Dios le transmitió a Moshé un mensaje que también fue una profecía para el pueblo judío hasta el fin de los días. Tal como la zarza no se consumía, también el pueblo judío desafiaría las leyes de la historia y nunca desaparecería.
Cuando Arnold Toynbee completó su obra clásica de 10 volúmenes analizando el surgimiento y la caída de las civilizaciones humanas, Estudio de la historia, había sólo una cosa que le molestaba y parecía refutar las reglas universales que gobiernan la inexorable caída de cada pueblo de la tierra. Sólo los judíos sobrevivieron, desafiando el cuidadoso análisis y el razonamiento de Toynbee. En consecuencia, él proclamó que los judíos no son nada más que “el vestigio remanente” de un pueblo destinado a desaparecer muy pronto. Pero de alguna manera, a pesar de todos los brutales intentos para destruir a los hijos de Israel, los judíos demostraron el milagro continuo de la zarza ardiente.
La historia judía desafía cualquier explicación. La supervivencia judía es simplemente un milagro; un milagro que Dios le aseguró a Moshé que se repetirá hasta el fin de los días.
Por eso, cuando los líderes del mundo en las Naciones Unidas siguen proclamando resoluciones obscenas contra Israel y el antisemitismo nuevamente levanta su horrible cabeza entre las naciones supuestamente civilizadas, nosotros nos deleitamos con las velas de Janucá que nos aseguran nuestra eterna supervivencia.
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