JULIO DE 2026 · MÉXICO
El fin de semana que cambió todo
Simón regresó de campamento con dolor en una pierna. Nosotros nos íbamos a Cuernavaca de fin de semana. Era fin de semana del Mundial y el plan era completamente otro: estar juntos, descansar, seguir con nuestras vacaciones de verano. Fuimos al ortopedista casi de casualidad, pensando que podía ser una lesión, un esfuerzo, algo muscular. Algo normal para un niño de 13 años. No íbamos preparados para internarlo. Mucho menos para escuchar algo grave. Jamás pasó por mi cabeza una trombosis. Ni por un segundo imaginé que ese dolor de pierna podía convertirse en el inicio de una pesadilla que nos cambiaría la vida. En cuestión de horas, el fin de semana se convirtió en hospital. Los planes se convirtieron en estudios. Y una palabra que hasta entonces nos parecía lejana empezó a ocuparlo todo: trombosis.
Simón había sufrido un paro cardíaco de 1 minuto con 56 segundos.
El 17 de julio, en México, Simón entró a quirófano para una trombectomía. Solo una trombectomía: había que retirar los coágulos. Fue ahí, durante el procedimiento, cuando los médicos descubrieron que el problema no era únicamente el trombo; había una alteración importante en sus venas que estaba dificultando seriamente el flujo de sangre. Y entonces llegó una noticia para la que ningún padre está preparado. Durante la operación, Simón sufrió un paro cardíaco de un minuto con 56 segundos. Un minuto con 56 segundos puede parecer poco en un reloj. Para nosotros fue una eternidad. Todo dejó de importar. Ya no había diagnósticos ni planes: solo queríamos que nuestro hijo estuviera vivo, que respirara y que pudiéramos volver a verlo. Baruj Hashem, Simón salió adelante. Pero nosotros ya no éramos los mismos que habíamos entrado al hospital. Después del paro tuvieron que intubarlo. Simón pasó cuatro días en terapia intensiva y lo extubaron al día siguiente. Habíamos llegado pensando en un dolor de pierna y, de pronto, estábamos viendo a nuestro hijo en terapia intensiva, rodeado de monitores, tratando de entender cómo habíamos llegado hasta ahí. Fueron días en los que la realidad parecía imposible de procesar.
Cuando el miedo se vuelve parte de la rutina
Los días siguientes estuvieron llenos de estudios, preguntas y palabras que nunca habían formado parte de nuestra vida. Vena cava. Ilíacas. Anticoagulación. Trombosis extensa. May-Thurner. Factor V Leiden. Aprendimos términos médicos porque no nos quedó otra opción, pero detrás de cada término había una sola pregunta que se repetía: “¿Simón va a estar bien?”.
Como papás, queríamos respuestas definitivas. Queríamos que alguien nos dijera exactamente qué iba a pasar y cuándo terminaría todo. Pero esta historia nos enseñó muy pronto que muchas veces no existe esa certeza. A veces solo existe el siguiente estudio. La siguiente llamada. La siguiente decisión. El siguiente paso. Y en medio de todo, Simón seguía siendo Simón. Un niño de 13 años que de un día para otro tuvo que aprender a convivir con hospitales, agujas, anticoagulantes, dolor y restricciones que no pertenecen a la vida normal de un adolescente.
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Finales de julio y agosto
Houston: Íbamos por un double check
Cuando llegamos a Houston tampoco pensábamos que nuestra vida iba a volver a cambiar. Íbamos por lo que nosotros llamábamos un double check, una segunda opinión, confirmar que todo estuviera bien, entender mejor lo que había pasado y regresar a México. Ese era el plan. Un par de días. Nada más. No llegamos pensando en nuevas operaciones, y mucho menos en quedarnos semanas. Pasamos una semana esperando una cita que nunca llegó. Mientras esperábamos, Simón empezó con una infección en el estómago. Dos días antes de la cita que supuestamente tendríamos, la infección nos obligó a llevarlo a urgencias. Fuimos por el estómago y terminamos abriendo otra vez una puerta que jamás imaginamos cruzar tan pronto. A partir de ahí, todo cambió: más estudios, más médicos, más decisiones y, finalmente, más procedimientos. El 5 de agosto Simón volvió a entrar a quirófano para una segunda operación. Esa cirugía duró alrededor de ocho horas. Ocho horas eternas, sin saber exactamente qué estaba pasando adentro, qué estaban encontrando ni qué decisión podían llegar a tomar. Ese día no le colocaron ningún stent. El 7 de agosto, por primera vez en muchos días, sentimos que quizá ya venía el regreso a casa. El doctor incluso nos había dicho que fuéramos viendo boletos. Esa noche Avi y yo estábamos en Aishel House y mi mamá se quedó con Simón en el hospital. La pierna de Simón empezó a sentirse fría y a hincharse. Mi mamá reaccionó de inmediato y lo llevaron a hacerle un ultrasonido a medianoche. Había una nueva oclusión completa. Simón regresó a terapia intensiva. Fue devastador. Horas antes pensábamos en volver a México y, de pronto, todo volvía a estar en el aire. Cinco días después, el 10 de agosto, volvió a entrar a quirófano. Esa fue la última operación y duró cerca de nueve horas. Nueve horas esperando, rezando y tratando de no imaginar todos los escenarios posibles. Durante el procedimiento, después de otra trombectomía y de trabajar nuevamente sobre sus venas, los médicos tomaron una decisión de último momento: colocar un solo stent en la vena ilíaca común izquierda. Nosotros no habíamos llegado a esa cirugía pensando que saldría con un stent; fue una decisión tomada en ese momento, buscando darle a Simón la mejor oportunidad de que la sangre pudiera volver a fluir correctamente. Los detalles médicos importaban, claro. Pero para nosotros cada operación se resumía en algo mucho más sencillo y mucho más grande: volver a entregar a nuestro hijo en la puerta del quirófano y esperar. Ocho horas. Nueve horas. Eternas. Sin saber qué ni cómo. Todo era una sorpresa. Esperar noticias. Esperar que saliera. Esperar verlo y escuchar que estaba bien.
Cada vez que las puertas se cerraban detrás de él, solo pensábamos: “Hashem, por favor, cuídalo”.
No hay una manera elegante de describir esas horas. Uno intenta mantenerse fuerte, contestar mensajes, hablar con los médicos y entender cada decisión. Pero por dentro hay una parte que solo quiere llorar y otra que se aferra con todas sus fuerzas a la emuná. Cada vez que las puertas del quirófano se cerraban detrás de Simón, repetíamos lo mismo: Hashem, por favor, cuídalo.
El verano que desapareció
Ese verano dejó de existir para nosotros. No hubo vacaciones. No hubo días normales. Lo que debía ser tiempo en familia se convirtió en hospitales, cuartos, pasillos, estudios y espera. Durante muchos días no estuvimos juntos como familia. Nuestros otros hijos, nuestra casa, nuestra rutina, todo quedó del otro lado mientras nosotros intentábamos cuidar a Simón y entender qué venía después. Esa separación pesaba todos los días. Éramos una familia, pero durante mucho tiempo tuvimos que vivir divididos. Fue una pesadilla. Y quizá esa sea una de las partes más difíciles de explicar: la enfermedad no solo le pasó a Simón. Nos atravesó a todos. Cambió nuestros planes, nuestras prioridades, nuestras conversaciones y la manera en la que vivíamos cada día. Y del otro lado estaban nuestros hijos, esperando. Ellos también estaban viviendo esta historia, aunque desde lejos.
“¿Cuándo regresan, mamá?”. Esa pregunta se repetía una y otra vez. Y yo no sabía qué contestar.
Porque nadie sabía nada. Íbamos al día. Un estudio llevaba a otro. Una cita cambiaba el plan. Un resultado podía significar quedarnos más tiempo. No podíamos planear absolutamente nada. Ni siquiera teníamos boleto de regreso. Cada mañana despertábamos sin saber si faltaban dos días, una semana o mucho más. Mientras nosotros tratábamos de mantenernos fuertes en Houston, nuestros hijos esperaban en México sin saber cuándo volveríamos a estar todos juntos. Fueron muchos días sin estar juntos como familia. Las vacaciones de verano simplemente desaparecieron. Fueron muchos días con la vida suspendida, sin saber cuándo podríamos volver a estar todos juntos. Y probablemente esa fue una de las partes más duras: no poder decirles “tal día regresamos”, porque nosotros tampoco lo sabíamos. Solo podíamos decir: “vamos al día”.
Volver a caminar también era una victoria
Después de las operaciones, la recuperación no fue inmediata. Había edema, cambios de color en la pierna, dolor al estar de pie, dificultad para estirar la rodilla y para apoyar bien el talón. Algo tan cotidiano como caminar dejó de ser automático. Empezamos a celebrar cosas que antes jamás habríamos pensado celebrar: un paso más, menos dolor, poder apoyar mejor el pie, caminar un poco más por el pasillo, escuchar que ese día la pierna se veía mejor. La recuperación nos cambió la escala de las cosas. Entendimos que avanzar no siempre significa dar un salto enorme. A veces avanzar es levantarse de la cama. Intentarlo otra vez. Dar cinco pasos hoy cuando ayer fueron tres. Y también vimos la fuerza de Simón. No porque no tuviera miedo o porque nunca se cansara. La fuerza estaba precisamente en seguir cuando sí tenía miedo, cuando dolía y cuando estaba harto de hospitales.
MÉXICO
El 1 de septiembre: Volver a escuchar la palabra “coágulo”
Después de tantas semanas, queríamos pensar que por fin podíamos empezar a respirar. Ya estábamos en México, intentando regresar poco a poco a una vida más normal, cuando el 1 de septiembre un ultrasonido mostró un trombo. Tal vez escrito así parezca solo un dato médico. Para nosotros no lo fue. Después de las operaciones, después del paro cardíaco, después de Houston y después de verlo luchar para volver a caminar, escuchar otra vez la palabra “trombo” nos regresó en un segundo al principio de todo. Fue un susto enorme. Otra vez el miedo. Otra vez las preguntas. Otra vez esa sensación de no saber qué iba a pasar.
El miedo tiene memoria. Y en ese momento volvió completo.
Después vino una resonancia. Y también mucha tefilá. Los estudios hacían pensar que podía tratarse de un trombo residual de todo lo anterior, pero no era seguro. No teníamos una respuesta definitiva y nos tocó vivir con esa incertidumbre hasta la revisión que ya estaba programada en Houston antes de Sucot. Fueron días de esperar y de preguntarnos si aquello podía volver a cambiarlo todo. ¿Era realmente residual? ¿Importaba? ¿Podía ser peligroso? Habíamos aprendido demasiado bien que un estudio podía cambiar todos los planes, así que no nos quedaba más que seguir al día, hacer tefilá y esperar esa revisión.
La parte que no aparece en los estudios
Hay cosas que ningún ultrasonido muestra. Las noches sin dormir. El miedo de contestar una llamada del hospital. Las lágrimas que uno se guarda para que su hijo no las vea. El cansancio de tomar decisiones cuando lo único que quieres es que alguien te prometa que todo va a salir bien. También está la culpa absurda de los papás: preguntarse si debimos haber visto algo antes, si tomamos la decisión correcta, si faltó preguntar algo. Y después aprender, poco a poco, que en situaciones así uno decide con la mejor información que tiene y con todo el amor del mundo. Hubo momentos en los que estábamos agotados. Momentos en los que no sabíamos de dónde sacar más fuerza. Y, sin embargo, al día siguiente había que levantarse, hablar con otro médico, entender otro estudio y volver a sonreírle a Simón. La vida normal había quedado en pausa.
Nunca estuvimos solos
Si hubo algo que nos sostuvo durante todo este proceso, además de la medicina y de la fortaleza de Simón, fue saber que había muchísima gente caminando con nosotros.
Familia, amigos y personas que incluso no conocían personalmente a Simón hicieron tefilá por su refuá shelemá. Dijeron Tehilim, Mizmor LeTodá, dedicaron mitzvot, mandaron mensajes, preguntaron por él y nos dieron jizuk cuando nosotros sentíamos que ya no teníamos palabras.
En momentos en los que casi todo estaba fuera de nuestras manos, saber que alguien pronunciaba su nombre – Nissim Shimon ben Rajel – en una tefilá era una forma de sentir que no estábamos solos. La medicina hizo su parte. Los médicos hicieron su parte. Simón hizo una parte enorme. Y nosotros sentimos, en cada paso, que Hashem estaba con nosotros.
Septiembre: Empezar a mirar hacia adelante
Antes de Sucot volvimos a Houston para la revisión programada. Viajamos con esa mezcla que ya conocíamos demasiado bien: esperanza y miedo. Queríamos escuchar que todo iba bien, pero llevábamos semanas con la incertidumbre de aquel trombo que había aparecido en el ultrasonido del 1 de septiembre. Baruj Hashem, las tefilot fueron muy poderosas y las noticias fueron increíbles. Ese trombo no representa un problema. Hay una vena que sigue tapada, pero no hace diferencia funcional; las venas importantes tienen flujo y todo va increíble. Después de tanta incertidumbre, escuchar eso fue inmenso. Sentimos que por fin podíamos volver a respirar. Entramos entonces en una etapa distinta: menos urgencia y más recuperación; menos quirófano y más seguimiento. Seguía habiendo anticoagulación, controles y cuidados, pero por primera vez podíamos mirar hacia adelante con otra tranquilidad. Pensar en regresar a casa, sentarnos todos juntos a la mesa y llegar a Sucot con nuestra familia se sentía como un regalo enorme.
El día que por fin lloré
Desde que llegamos a Houston no lloré una sola lágrima. Ni una. No sé si fue fuerza, supervivencia o simplemente que no había espacio para detenerme. Había que entender estudios, hablar con médicos, tomar decisiones, estar con Simón, contestar mensajes de casa y seguir. Día tras día. Procedimiento tras procedimiento. Susto tras susto. Como si mi cuerpo hubiera decidido guardar todo para después. Y ese “después” llegó cuando vi a Simón salir del hospital. Ahí sí. Después de tantas semanas aguantando, verlo cruzar esas puertas hacia afuera fue impresionante. Por primera vez desde que llegamos a Houston, lloré. Lloré todo lo que no había llorado: el miedo, el cansancio, la angustia y la gratitud. Todo junto. Porque en ese momento entendí que, por fin, estábamos saliendo.
Lo que Simón nos enseñó
Simón tuvo que vivir cosas que ningún niño debería tener que vivir. Procedimientos invasivos, hospitalizaciones, inyecciones, medicamentos, dolor, limitaciones físicas y una incertidumbre difícil incluso para un adulto. Y siguió adelante. No queremos contar su historia como si nunca hubiera tenido miedo o como si todo hubiera sido fácil. Precisamente por eso nos llena de orgullo: porque hubo miedo, hubo cansancio, hubo días malos… y aun así siguió caminando.
Nos enseñó que ser fuerte no significa no llorar. Que tener emuná no significa no sentir miedo. Y que agradecer no significa negar lo difícil que fue. Significa poder mirar hacia atrás, reconocer todo lo vivido y aun así encontrar motivos para decir gracias.
Lo que nosotros aprendimos
Aprendimos que la vida puede cambiar en un instante. Que puedes estar planeando un fin de semana en Cuernavaca y, unas horas después, estar sentado junto a una cama de hospital sin entender cómo llegaste ahí. Aprendimos a pedir ayuda y a dejarnos sostener.
Aprendimos que la medicina y la emuná no compiten. Para nosotros caminaron juntas.
Aprendimos que una buena noticia médica puede sentirse como el regalo más grande del mundo, y que un paso sin dolor puede valer más que cualquier cosa material.
Aprendimos que hay personas que aparecen en los momentos más difíciles y dejan una huella para siempre. Y aprendimos a agradecer lo que antes dábamos por hecho: respirar, caminar, dormir en casa, sentarnos juntos, escuchar una risa, tener un día tranquilo.
Hoy
La historia de Simón todavía no termina. Sigue en seguimiento, sigue necesitando cuidados y todavía hay un camino médico por recorrer. No queremos escribir un final que todavía no existe. Pero sí podemos mirar hacia atrás y reconocer cuánto camino ya recorrimos. Publicamos esta historia porque detrás de cada diagnóstico hay una persona, una familia y una vida entera que cambia. Y porque quizá alguien que hoy está entrando a un hospital, esperando afuera de un quirófano o recibiendo una noticia que le parte el mundo necesite recordar que no tiene que ver todo el camino de una sola vez.
Un día a la vez. Un estudio a la vez. Una tefilá a la vez. Un paso a la vez.
Nuestra historia comenzó con un simple dolor de pierna después de un campamento y con un fin de semana que nunca sucedió. Después vinieron palabras que no conocíamos, quirófanos, miedo, muchos días separados como familia y un verano que desapareció por completo. En el camino conocimos la incertidumbre, el cansancio y el dolor. Pero también conocimos una emuná más profunda, una comunidad que nos sostuvo y una gratitud que hoy forma parte de nosotros. Si algo nos dejó este proceso es una certeza: hubo momentos en los que no sabíamos qué iba a pasar, pero nunca estuvimos solos.
Esta vez era diferente
Cuando dieron de alta a Simón la semana pasada, me levanté temprano y salí a caminar. Quise recorrer una vez más el mismo camino que hacíamos todos los días a pie desde Aishel House hasta el hospital. Caminé por los pasillos del Texas Children’s, los mismos pasillos que durante semanas había recorrido con miedo, cansancio, incertidumbre y desesperación.
Pero esta vez era diferente. Mientras caminaba, me repetía a mí misma: “Esta vez no estás aquí por enfermedad. Esta vez vienes a agradecer”. Agradecerle a Hashem. Porque aquí se curó Simón. Aquí conocimos al Dr. Hernández y al Dr. Cohen. Aquí vivimos algunos de los momentos más difíciles de nuestra vida. Pero también de aquí salió Simón caminando. Y seguí caminando, mirando los mismos lugares, pero sintiéndolos completamente distintos. “Gracias, Bore Olam. Hoy es diferente. Hoy no es una caminata de desesperación. Hoy es una caminata de alegría, de reflexión y de agradecimiento”. Por primera vez, ese camino ya no representaba miedo. Representaba todo lo que habíamos atravesado, todo lo que Simón había logrado y todo lo que teníamos para agradecer. Gracias, Hashem.
GRACIAS
A quienes estuvieron con nosotros de corazón en cada paso de este camino. Por cada tefilá, cada mensaje, cada llamada, cada abrazo, cada mitzvá dedicada y cada palabra de fuerza. Por hacernos sentir que nunca estuvimos solos.
Que Hashem les devuelva multiplicado todo el bien que hicieron por nosotros.
Refuá Shelemá
Nissim Shimon ben Rajel
Con amor y agradecimiento, Avi y Raquel Hanono




