El eco de lo mismo

CATEGORÍA: Preparatoria
GÉNERO: Poesía
Seudónimo: Agua

 

Me despierto.

Es el mismo día.

Otra vez el mismo día.

El mismo techo,

la misma grieta en la mesa,

la misma sombra inclinada sobre la ventana.

Me despierto.

Y aunque digo que es distinto,

la grieta sigue allí,

el vaso sigue allí,

y hasta mi bostezo ya lo había escuchado.

Me levanto.

El suelo cruje,

siempre cruje igual,

pero ¿no parece hoy un crujido más largo?

Me levanto.

Camino.

Camino hacia un espejo que no perdona,

me devuelve un rostro gastado,

idéntico al de ayer,

idéntico al de mañana.

Camino.

Y aunque juro que avanzo,

cada paso repite el anterior.

La misma huella,

la misma huella,

la misma huella,

pero con un eco distinto,

como si el pasillo jugara conmigo.

El reloj.

El reloj marca la hora.

La misma hora,

con el mismo sonido,

pero hoy lo siento más frío.

Quizá fue igual ayer,

quizá lo será mañana,

quizá siempre ha sido lo mismo,

y solo ahora lo noto.

El café.

El café es amargo,

tan amargo como ayer,

tan amargo como siempre.

El café.

Y sin embargo,

hay un leve temblor en su vapor,

una chispa escondida,

un recuerdo que no sé si inventé.

Salgo.

La calle.

La calle.

La calle.

Rostros repetidos,

nombres intercambiables,

saludos automáticos.

Los saludo.

Me saludan.

Todos repetimos el guion,

y nadie pregunta si ya lo dijimos ayer.

Camino más.

El sol está donde lo dejé,

pero un poco más pálido.

O quizá yo lo veo más pálido.

O quizá el sol nunca cambia

y el que cambia soy yo,

un poco más gris,

un poco más gastado.

Vuelvo.

Vuelvo.

Vuelvo.

La casa es la misma,

la cama es la misma,

la luz es la misma.

Y sin embargo,

cada regreso se siente distinto,

como si la repetición

fuera la forma más cruel de cambio.

Me acuesto.

Cierro los ojos.

Y otra vez comienza.

Me despierto.

Es el mismo día.

Otra vez el mismo día.

La misma grieta en la mesa.

El mismo bostezo.

El mismo crujido en el suelo.

El mismo rostro en el espejo.

El mismo café amargo.

El mismo saludo mecánico.

La misma calle detenida.

La misma cama esperando.

Y mientras lo escribo,

mientras lo repito,

sé que tú también lo sientes,

que cada verso es el mismo,

pero no lo es,

que la monotonía atrapa,

y sin embargo,

nos mantiene leyendo,

esperando la variación imposible.

Porque la monotonía nunca es puro vacío:

es la ilusión de que algo cambia,

cuando en realidad

todo es lo mismo,

pero disfrazado.

Y mañana,

cuando vuelvas a leer esto,

será exactamente igual,

y también un poco distinto.

Me despierto.