El espejo de los colores invisibles

Categoría: Infantil B
Género: Cuento
Seudónimo: Emma Olalu

 

Emma era una niña muy curiosa que vivía en una casa antigua, la cual había sido de su abuela. Un día, mientras exploraba el cuarto de arriba, donde guardaban cosas viejas, encontró un espejo cubierto con una tela blanca. Al quitarla, se sorprendió: no era un espejo normal. No reflejaba nada, solo mostraba un fondo negro, tan oscuro como el espacio.

Con mucha curiosidad, Emma tocó el espejo… y, de repente, fue absorbida por él.

Cuando abrió los ojos, se encontró en un lugar completamente oscuro. No había luces, ni sombras, ni colores. Solo un vacío negro que parecía no tener fin.

—¿Dónde estoy? —preguntó Emma en voz baja. Una voz suave, que venía de todas partes, le respondió:

—Estás en el origen de los colores. Aquí, el negro lo cubre todo porque es la ausencia de color.
            —¿Y cómo salgo de aquí? —preguntó Emma.
            —Debes encontrar la luz blanca, la que contiene todos los colores del mundo.

Emma caminó con cuidado por la oscuridad, hasta que oyó unos pasos. Dos figuras pequeñas se acercaban, iluminadas por un suave brillo azulado.
            —Hola —dijo uno con una sonrisa amable—. Soy Olaf.
            —Y yo soy Lucca —añadió el otro, que llevaba una linterna diminuta hecha de cristal.

Emma se sintió aliviada:
            —¿También están perdidos aquí? —preguntó.
            —No exactamente —respondió Lucca—. Nosotros ayudamos a quienes buscan la luz.
            —El camino puede asustar al principio —dijo Olaf—, pero no hay oscuridad eterna si sigues tu curiosidad.

Guiada por ellos, Emma caminó hasta ver una pequeña chispa blanca flotando en el aire. Al tocarla, la chispa creció y empezó a iluminar todo a su alrededor. Los colores comenzaron a aparecer: primero el rojo, luego el azul, el verde, el amarillo… cada uno salía como una chispa desde aquella luz blanca.

Emma se dio cuenta de algo asombroso: el blanco no era solo un color, ¡eran todos los colores juntos! Y el negro, aunque parecía vacío, era el lugar perfecto para que naciera la luz.

Cuando la luz blanca la envolvió por completo, Emma apareció otra vez en el cuarto de arriba, justo frente al espejo. Esta vez, su reflejo estaba allí, pero sus ojos brillaban con todos los colores. En el borde del espejo, por un instante, creyó ver a Olaf y Lucca saludándola antes de desvanecerse.

Desde aquel día, Emma ya no vio al blanco como algo simple ni al negro como algo triste. Aprendió que la luz puede nacer de la oscuridad, y que a veces, hay que mirar más allá del reflejo para descubrir lo invisible.